De las bajas pasiones públicas

Julio Raudales

Parece que cada cuatro años debemos conformarnos con observar impávidos, cómo la historia se repite en un sempiterno “deja vu”. 

En cada inicio de gobierno, pululan las quejas sobre la barbarie e irresponsabilidad de los anteriores y cuán difícil se le ponen las cosas a la nueva administración gracias a los desmanes dejados por el que se fue.

Para ser consecuentes con la situación de estos días, hay que reconocer algunos hechos que hacen de la situación presente algo muy particular: 

Primero, que la presidenta Castro ordenó, unas horas después de emitida la tardía declaratoria de la autoridad electoral, que no se les diera ningún tipo de información a los beneficiarios de lo que ella llamó “golpe electoral”. Por tanto, no hubo una “transición” de gobierno al uso y, aunque la experiencia demuestra que estas cosas han servido de poco, la negativa del gobierno de LIBRE solo empeoró lo que ya se avizoraba como muy malo. 

Segundo, que el proceso electoral en sí, fue demasiado accidentado y contaminado por todo tipo de injerencia alejada de la ley y prácticamente de parte de todos los actores, incluyendo al mismo Partido Nacional, de tal manera que el recién inaugurado cuatrienio, más que cualquier anterior, arranca con un sinnúmero de problemas inéditos.

Tercero, el paso de los días deja la convicción de que el partido de gobierno, en el fondo, no tenía grandes expectativas de ganar las elecciones. Sus acciones iniciales muestran un alto grado de improvisación. Prueba de lo anterior es que, luego de tres semanas, aun no se termina de conformar el equipo de trabajo, al menos en la totalidad de instancias prioritarias como los entes regulatorios y algunos claves en la prestación de servicios. 

El mismo autonombramiento del presidente como ministro de salud, nos deja serias interrogantes sobre si de verdad sabrá lo que está haciendo.

Otra interrogante razonable, es el número de “declaratorias de emergencia” anunciadas a razón de una por semana: la de salud, la de carreteras y la última, una cuya definición es complicada de entender: la del “exceso de gasto público”. Cómo los “golpes hacen chichones”, es este un buen momento para llamar la atención sobre este tema. Evitemos caer en las bajas pasiones que inveteradamente han tentado a quienes ostentan la billetera pública. Es mejor ser precavidos. 

Aunque existe cada vez una mayor conciencia social sobre las enormes deficiencias que provoca un gasto público elefantiásico e ineficiente, resulta difícil comprender cómo un decreto de urgencia puede solventar el problema, si además pareciese que se desistió del cierre de muchas instancias, a juzgar por algunas juramentaciones realizadas hasta ahora.

Si bien es muy temprano para visualizar la calidad de las acciones emprendidas y mucho menos resultados, es mandatorio empezar a preguntarnos por qué se están tomando algunas decisiones que, a priori, podrían parecer poco conducentes. Sin embargo, es menester señalar estas “cosas extrañas” solo por si las dudas. 

No hay que olvidar que la gente está cansada de que la engañen y no está demás ponerse alerta para evitar sufrir más de lo debido. Al fin y al cabo, como sostuvo Bronislaw Malinowski, los pueblos nunca se guían por las causas que los determinan sino por las que creen que los determinan.

Lo positivo de todo esto es el halo de optimismo que se respira en el ambiente. Hay que aprovecharlo para escucharnos y así entender mejor de qué se trata el asunto de gobernar un país, que requiere de atenciones y habilidades más afinadas que una municipalidad. 

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