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Cuando las remesas ya no lleguen: el riesgo que Honduras no discute frente a una dependencia que no es fortaleza.       

Ricardo Puerta

Tegucigalpa. – Durante años, las remesas han sido presentadas como una buena noticia. Cada récord mensual se celebra como fortaleza económica. Sin embargo, detrás de esos entendimientos hay una verdad incómoda que Honduras no está discutiendo con la seriedad que merece: las remesas no son un motor de desarrollo sostenible, y su declive es solo cuestión de tiempo.

Según cifras del Banco Central de Honduras (BCH) y estimaciones del Banco Mundial, las remesas familiares han representado en los últimos años de Honduras entre el 25 % y el 27 % del Producto Interno Bruto (PIB). Este nivel de dependencia coloca a Honduras entre los países con mayor proporción de remesas respecto al tamaño de su economía nacional.

Lejos de ser motivo de orgullo, este dato debería encender todas las alarmas. Ningún país puede considerar saludable su economía donde más de una cuarta parte de su producción depende del sacrificio de quienes se fueron porque el país no pudo ofrecerles oportunidades de vida, ni laborales.

El tipo de riesgo que necesita destacarse

El problema no es únicamente el nivel actual de dependencia. El verdadero riesgo es estructuraldemográfico y generacional.

Los migrantes de primera generación mantienen un fuerte vínculo emocional con Honduras, en particular con su lugar de origen, y más porque en su mayoría nacieron en aldeas rurales de esa época. Al presente envían dinero para cumplir con responsabilidades familiares o de parentesco, por identidad, o por un sentido de pertenencia. De acuerdo con análisis del BCH, la mayor parte de estas remesas se destina a consumo básico: alimentación, vivienda, salud y educación, no a inversión productiva…. con sostenimiento.

Pero sus hijos —nacidos o criados en Estados Unidos o España— ya no comparten ese mismo lazo. Son ciudadanos de otro país, con otros costos de vida, otras prioridades y otra identidad económica, que, en este caso, se vuelven críticas, especialmente: Cuando los padres fallezcan. Cuando ya no haya familiares directos que dependan de ese ingreso. Cuando el vínculo emocional se diluya.

La remesa no disminuirá, sino que gradualmente…desaparecerá quizás por una caída abrupta y silenciosa.

Es un riesgo silencioso. No ocurre de un año a otro, pero cuando ocurra, lo hará en forma abrupta. Las remesas no son contratos de largo plazo, ni ingresos garantizados: dependen de decisiones familiares, de condiciones migratorias y de contextos legales externos a Honduras, con justificaciones coyunturales y muy propensas al cambio.

Cuando ese flujo se reduzca, Honduras enfrentará de inmediato:

  • Una caída del consumo interno,
  • Menor recaudación de impuestos indirectos,
  • Presión sobre el tipo de cambio,
  • Un Estado con menos capacidad de respuesta ante las limitaciones y problemas socioeconómicos que ahora no puede resolver a corto o mediano plazos.

Todo esto en una economía que, según datos oficiales, no ha logrado traducir su crecimiento en una mayor productividad, ni en un nivel de empleo formal suficiente y en expansión continua.

El efecto perverso de las remesas

Además de la dependencia, las remesas han generado un efecto menos visible, pero igual de dañino: han contaminado el tiempo político.

Al sostener el consumo y amortiguar las tensiones sociales, se reduce la urgencia de impulsar reformas estructurales profundas. Mientras el dinero siga llegando, seguirá postergada la gran pregunta:

¿cómo Honduras podrá generar riqueza por sí misma?

El riesgo es confundir la estabilidad temporal, de corto y mediano plazos, con un desarrollo real.

Remesas: puente, no destino

No se trata de demonizar las remesas. Han sido —y siguen siendo— el salvavidas para millones de hogares y de inmediato sin duda ayudan a amortiguar la pobreza y miseria que sufre el ciudadano promedio, y el de más abajo, en su nivel demográfico a corto plazo.

El problema es haber convertido las remesas, de facto, en el eje el instrumento principal del modelo económico nacional vigente.

Las remesas deberían ser un puente temporal, no un instrumento permanente. Un medio para construir capacidades productivas internas, no un sustituto de la inversión, el comercio, la industria, la urbanización y el empleo.

El desafío estratégico que el Estado debe asumir

Honduras debe empezar a tratar la posible caída de remesas como lo que realmente es: un riesgo país de largo plazo, con gran parecido al riesgo climático o fiscal.

Esto implica:

  • Canalizar una parte mayor de las remesas al ahorro e inversión productiva,
  • Desarrollar empleo local y capacidades técnicas, con tecnología de información, comunicación, …siempre cambiante.
  • Apostar de forma decidida por sectores que generen divisas reales: agroindustria moderna, exportaciones con valor agregado y servicios.

Mientras las remesas sigan representando más del 25 % del PIB, el país todavía tiene margen para actuar. Cuando empiecen a caer, ese margen desaparecerá con el tiempo.

El momento de actuar es ahora

El tiempo para actuar es ahora, cuando las remesas todavía llegan y sostienen una buena parte de la economía nacional, y por ende, eso es crítico.

La pregunta no es si las remesas disminuirán algún día. La pregunta válida es: ¿Qué tan preparada estará Honduras, cuando eso ocurra? 

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