Cuando el sistema importa más que el hombre: enero, poder y recursos en América Latina

Ricardo Puerta

Tegucigalpa. – El 3 de enero de 1990 no fue solo el día en que cayó Manuel Noriega. Fue el momento en que una potencia dejó claro algo incómodo para la región: cuando un líder deja de servir al sistema que sostiene un interés estratégico global, el respaldo desaparece. En Panamá, ese interés tenía nombre propio: el Canal de Panamá. Una arteria del comercio mundial que no admite personalismos, improvisación ni aislamiento.

Décadas después, enero vuelve a cargarse de simbolismo, esta vez alrededor de Venezuela y de Nicolás Maduro. No porque la historia se repita —no lo hace—, sino porque la lógica estratégica que la rige vuelve a rimar. Y cuando la historia rima en geopolítica, conviene escuchar.

Dos presidencias, una misma lógica de fondo

Cuando Estados Unidos actuó contra Noriega, la Casa Blanca estaba ocupada por George H. W. Bush. Un presidente de transición histórica, formado en inteligencia, diplomacia y administración del poder. La intervención en Panamá no se presentó como cruzada ideológica, sino como restauración funcional: elecciones anuladas, narcotráfico, y un riesgo inaceptable para el Canal.

Décadas después, bajo Donald Trump, el estilo es opuesto: confrontacional, transaccional, personalista. Sin embargo, el fondo estratégico es sorprendentemente similar. Cuando un régimen convierte un activo estratégico global en instrumento de control interno, deja de ser un asunto doméstico y pasa a ser un problema de sistema.

En Panamá, el problema fue un general que confundió el Estado con su poder.
En Venezuela, fue un modelo que confundió el petróleo con soberanía absoluta.

Canal y petróleo: flujo frente a renta

Aquí reside el núcleo de la comparación. Panamá posee un activo que obliga a cooperar. El Canal solo genera valor si el mundo confía en su neutralidad, en sus reglas y en su continuidad. Cada barco que lo cruza es un voto silencioso a favor de instituciones estables. Por eso, tras la caída de Noriega, el país no se reorganizó alrededor de un caudillo, sino alrededor de un sistema que debía funcionar incluso cuando el poder cambiara de manos.

Venezuela, en cambio, posee un activo que permite aislarse durante largos periodos. El petróleo genera renta incluso cuando las instituciones se erosionan. Ese colchón explica por qué el deterioro puede prolongarse sin colapso inmediato. Pero también explica por qué, cuando la renta deja de sostener al sistema, el daño es más profundo y más difícil de revertir.

Panamá aprendió a vivir del sistema que rodea al Canal. Venezuela quedó atrapada viviendo del control del recurso.

La objeción inevitable —y por qué no invalida la analogía

Los críticos dirán que Panamá y Venezuela no son comparables: tamaños distintos, historias distintas, recursos distintos. Y tendrán razón… en lo superficial. Pero la comparación no es geográfica ni demográfica; es institucional.

La pregunta no es si el petróleo es igual al Canal. La pregunta es si un país está dispuesto a colocar su activo estratégico por encima del gobernante de turno. Panamá respondió que sí. Venezuela aún no.

El mensaje silencioso que sigue a la fuerza

Hay un detalle clave que suele pasar desapercibido: lo que ocurre después del quiebre. Tras Noriega, Estados Unidos no administró Panamá ni diseñó su política económica. Apostó por transición, por reglas mínimas y por una relación pragmática basada en intereses mutuos.

En el caso venezolano, más allá del ruido político, el énfasis en canales diplomáticos formales y en figuras de carrera con experiencia en crisis regionales no es casual. Cuando Washington envía diplomáticos expertos —no improvisados ni ideológicos— suele indicar que el conflicto entra en fase de gestión del sistema, no de espectáculo. El objetivo deja de ser el hombre y pasa a ser la arquitectura que vendrá después.

¿Puede Venezuela ser el Panamá del petróleo?

Sí. Pero no por inercia, ni por intervención externa, ni por simple cambio de nombres.

Panamá no prosperó porque recuperó el Canal. Prosperó porque entendió que el Canal debía estar protegido del poder, no capturado por él. Venezuela solo iniciará su reconstrucción cuando el petróleo deje de ser una palanca política y se convierta en una plataforma económica abierta, previsible y regulada.

Estados Unidos puede acelerar rupturas. Los mercados pueden castigar errores.
Pero las instituciones no se importan: se deciden.

Epílogo

Enero es solo una fecha en el calendario. Pero a veces marca el instante en que el mundo deja claro que los recursos estratégicos no toleran el secuestro personalista. Panamá escuchó esa señal y apostó por el sistema. Venezuela sigue frente a la misma decisión.

Los países no fracasan por falta de recursos. Fracasan cuando confunden poder con sistema. Ese es el verdadero dilema que la historia vuelve a poner sobre la mesa.

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