Crónica de una sed anunciada

Por Alma Adler

Hace más de una década, en 2014, el ingeniero Luis Armando Moncada Gross advirtió que Tegucigalpa necesitaba producir y distribuir al menos dos metros cúbicos de agua por segundo para enfrentar la crisis que ya se dibujaba en sus tuberías. No hablaba desde la alarma fácil, sino desde el conocimiento de un sistema que comenzaba a ceder. Hoy, cada llave seca confirma que Honduras hizo con aquella advertencia lo que suele hacer con sus verdades incómodas: la archivó.
El antiguo Plan de Nación había comprendido algo elemental: el desarrollo debía organizarse desde las cuencas hidrográficas. El agua no era un sector más, sino el principio ordenador del territorio. Pero en Honduras existe una distancia peligrosa entre lo que se escribe y lo que se gobierna. Se habla de cuencas mientras arden las montañas. Se aprueban planes de ordenamiento mientras las ciudades crecen sin preguntarse de dónde vendrá el agua. Se invoca el desarrollo mientras la lluvia corre hacia el mar porque no hubo previsión, infraestructura ni continuidad pública para retenerla.
El cambio climático agravó una crisis que no comenzó con el clima. Las lluvias se han vuelto más irregulares; los periodos secos, más largos; los extremos, más violentos. Honduras figura entre los países vulnerables a esos impactos. Sin embargo, culpar únicamente al cielo sería una forma cómoda de absolver a la política. El clima cambió. Lo imperdonable es que nuestra manera de gobernar el agua continúe detenida en el pasado.
La capital resume ese fracaso. Más de un millón de personas dependen de embalses exhaustos, redes envejecidas y calendarios de racionamiento que han convertido el acceso al agua en una lotería doméstica. Estimaciones técnicas sitúan cerca del cuarenta por ciento las pérdidas en la red antes de que el agua llegue a los hogares. Parte de lo que tanto cuesta captar y potabilizar desaparece bajo las calles, entre fugas, conexiones irregulares y tuberías que nadie se atreve a sustituir a fondo. Mientras tanto, miles de familias esperan durante días el turno incierto de un servicio que debería ser cotidiano.
La paradoja es todavía más grave porque la crisis convive con recursos disponibles. En marzo de 2026, Honduras y Japón formalizaron un financiamiento de ochenta y cinco millones de dólares para renovar tuberías de conducción, estaciones de bombeo, tanques y redes de distribución del Distrito Central. El Banco Interamericano de Desarrollo también mantiene una operación destinada a mejorar el acceso, la continuidad y la eficiencia del servicio. El problema, por tanto, no es la ausencia de proyectos, sino la fragilidad de un Estado que demasiadas veces no logra convertirlos en obra, ni la obra en servicio.
La escasez de agua no es únicamente un problema de ingeniería. Es una radiografía del poder. Revela qué instituciones ejecutan, cuáles se paralizan y quién termina pagando el costo de esa parálisis. Cuando la gestión pública se utiliza como agencia de empleo electoral, la continuidad técnica se vuelve imposible. Cada cambio de gobierno reemplaza equipos, extravía aprendizajes y vuelve a comenzar el diagnóstico. Las tuberías envejecen con una paciencia que la ciudadanía ya no tiene.
El debate suele extraviarse entre dos consignas: privatizarlo todo o devolverlo todo al Estado. San Pedro Sula, cuyo servicio opera bajo concesión desde hace más de dos décadas, demuestra al menos una cosa: la naturaleza jurídica del operador no garantiza por sí sola el éxito ni el fracaso. Lo decisivo es la regulación, la capacidad de exigir resultados y el blindaje de la gestión frente al reparto partidario. El agua no fracasa por ser pública o concesionada. Fracasa cuando la gobiernan la improvisación, la opacidad y la impunidad.
En Tegucigalpa, la descentralización tampoco puede convertirse en una coartada. Trasladar responsabilidades a una municipalidad sin asegurar recursos, controles y capacidad técnica no resuelve el problema: descentraliza el colapso. El dinero del agua debe llegar hasta la tubería reparada, el tanque construido y la cuenca protegida. Cuando se queda atrapado en trámites, sobrecostos o favores políticos, lo único que llega a los barrios es otra cisterna y otro día de resignación.
La injusticia hídrica tiene una geografía precisa. Los hogares con menos ingresos suelen pagar el agua más cara, no solo en lempiras, sino en tiempo, incertidumbre y humillación. Allí donde el servicio público no llega, aparece el mercado de la cisterna. La familia que puede almacenar resiste; la que no puede compra por barril y raciona cada uso. La pobreza termina pagando un sobreprecio por el derecho más elemental. La sed, cuando el Estado falla, siempre encuentra intermediarios.
Por eso la seguridad hídrica debe asumirse como una reforma estructural prioritaria. No como una campaña estacional cada vez que bajan los embalses, sino como una política nacional capaz de sobrevivir al calendario electoral. La corrupción en el agua no roba un lujo. Roba salud, educación, productividad y dignidad. Un país puede acostumbrarse peligrosamente al escándalo político; no puede acostumbrarse indefinidamente a vivir sin agua.
Las soluciones existen, pero exigen continuidad. La renovación de la red debe avanzar junto con nuevas fuentes de abastecimiento y una protección de cuencas que deje de ser ceremonial para traducirse en vigilancia, restauración y sanciones efectivas. La cosecha de lluvia puede aliviar la presión sobre el sistema en viviendas, escuelas, mercados y edificios públicos; el reúso de aguas tratadas permitiría reservar el agua potable para los usos que realmente la necesitan. Ninguna de estas medidas sustituye las grandes obras. Juntas, sin embargo, pueden evitar que el país siga esperando que una sola represa resuelva décadas de abandono.
La transformación también debe alcanzar a la ciudadanía. Exigir agua limpia mientras las quebradas se convierten en basureros es una contradicción que ya no podemos tolerar. Tampoco es posible reclamar abastecimiento y permanecer indiferentes ante la tala que destruye las fuentes. La ciudadanía no construye represas, pero puede defender una cuenca como defiende una escuela y dejar de premiar a quien promete para exigir cuentas a quien gobierna. Sin una cultura del agua, toda inversión pública nace amenazada.
Honduras necesita un Pacto Nacional por el Agua, pero no otro documento destinado a la fotografía oficial. Ese acuerdo requiere una autoridad rectora, metas anuales, financiamiento protegido y responsabilidades que no puedan diluirse entre instituciones. También necesita una política tarifaria que reconozca el costo real del servicio sin castigar a quien menos tiene, que preserve la continuidad de los equipos técnicos y someta cada contrato, desembolso y avance físico a una veeduría pública independiente.
Ese pacto tendría que comenzar con una verdad incómoda: posponer también es decidir. Cada año perdido encarece las obras, profundiza la desigualdad y acerca a la capital a una fractura social que no vendrá necesariamente de una ideología, sino de una llave seca. Cuando el agua falta, la paciencia pública se agota mucho antes que los discursos.
La advertencia fue hecha. Los estudios existen. Los recursos comienzan a movilizarse. Lo que falta es una decisión capaz de ordenar el Estado alrededor de una prioridad que ya no admite ceremonias. El agua no pide promesas. Pide gobierno.
Y si Honduras vuelve a dejar pasar el tiempo, no hará falta que nadie anuncie la tragedia. Bastará abrir la llave y escuchar, en su silencio, la crónica exacta de todo lo que decidimos postergar.

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