Crónica de una caída anunciada

Por Dagoberto Rodriguez

Esa noche la suerte estaba echada y no había marcha atrás. El miércoles 25 de marzo el Poder Legislativo acababa de tomar la decisión histórica de defenestrar al fiscal general Johel Antonio Zelaya por su cuestionado papel al frente del Ministerio Público, principalmente por la feroz persecución judicial montada contra las consejeras del Consejo Nacional Electoral (CNE) en pleno proceso electoral de 2025, un episodio que puso en vilo las elecciones y la frágil democracia hondureña.

Antes de cerrar la sesión de esa noche, la junta directiva anunció al pueblo hondureño que acababan de recibir la solicitud de juicio político de la entonces presidenta de la Corte Suprema de Justicia, Rebeca Ráquel Obando, y en consecuencia se aprestaba a nombrar la comisión encargada de investigarla y someterla a juicio político.

Pero una llamada urgente interrumpió el curso de los acontecimientos. Se decretó un receso. Minutos después, el presidente del Congreso, Tomás Zambrano, regresó al hemiciclo para informar que había llegado la carta de renuncia de la magistrada presidenta. En la misiva, Obando argumentó que su decisión respondía a la reciente determinación de retirarle sus atribuciones administrativas, una medida que, según sostuvo, buscaba fortalecer la institucionalidad devolviendo competencias al pleno de magistrados.

Sin embargo, lo ocurrido esa noche no fue un hecho aislado. Era el desenlace de una historia que comenzó mucho tiempo antes.

Días antes, como una acción premonitoria de lo que se le venía, diputados nacionalistas y liberales habían aprobado retirarle facultades clave de nombrar, rotar o suspender jueces y personal jurisdiccional, poderes que habían sido concentrados en la presidencia de la Corte tras la desaparición del Consejo de la Judicatura. Aquella decisión marcó el inicio del desmantelamiento de su influencia.

Desde su elección en febrero de 2023, la figura de Ráquel Obando estuvo rodeada de cuestionamientos. Sectores de oposición y organizaciones civiles criticaron tanto el proceso de selección como sus vínculos familiares indirectos con el entorno de la pareja presidencial, lo que, según sus detractores, planteaba un potencial conflicto de interés en la administración de justicia

Los cuestionamientos obedecían al hecho que Raquel Obando es la tía política de José Luis Melara, esposo de Zoé Zelaya, hija mayor de Xiomara Castro y Manuel Zelaya, lo que para la oposición política la inhabilitaba para ocupar la silla en la administración de justicia por el evidente conflicto de intereses que imperaba con la pareja presidencial.

En ese entonces, en los círculos políticos se rumoraba que Manuel Zelaya quería imponer como presidenta de la Corte a la magistrada Sonia Marlina Dubón, esposa de su cercano asesor presidencial Enrique Flores Lanza; sin embargo, la presidenta Xiomara Castro se había negado rotundamente, imponiéndose en el pulso con su marido al designar a Ráquel Obando como la ungida para dirigir el Poder Judicial

En ese momento, la Corte Suprema era un ente clave en la estructura de poder que estaba montando el coordinador de Libre para controlar toda la institucionalidad del estado hondureño. Ya controlaba el Ejecutivo, la Fiscalía General, el Congreso y solo le faltaba cooptar el ente encargado de la administración de justicia.

Con el paso de los meses desde su elección en febrero de 2023, los cuestionamientos a Ráquel Obando se fueron acumulando y dejaron de ser meras sospechas para convertirse en hechos que erosionaron y deterioraron su gestión. Fallos polémicos, decisiones discrecionales y una creciente percepción de concentración de poder y nepotismo alimentaron las críticas.

Uno de los episodios más sensibles ocurrió en diciembre de 2023, cuando la Corte Suprema de Justicia absolvió por unanimidad a Ramón Matta Waldurraga por lavado de activos. La decisión reavivó viejos señalamientos, ya que Ráquel Obando y su esposo, el abogado José Luis Melara, habían representado legalmente a miembros de esa familia en procesos judiciales vinculados a delitos similares. Aunque eso no implicaba ilegalidad per se, el antecedente reforzó la percepción de conflicto de interés y debilitó la confianza en la imparcialidad del máximo tribunal..

Esta relación profesional fue uno de los principales puntos de cuestionamiento durante su proceso de postulación a la CSJ. Sectores de la oposición señalaron que haber defendido a personas vinculadas con el narcotráfico representaba un posible conflicto de interés para dirigir el Poder Judicial.

El 17 de agosto de 2024 un nuevo escándalo salpicó a la magistrada y su entorno familiar, cuando el Ministerio Público detuvo al juez Marco Antonio Vallecillo Banegas, excoordinador de los Juzgados en Materia de Criminalidad Organizada y Corrupción, bajo cargos de extorsión, en el que se involucró extraoficialmente al esposo de la presidenta del Poder Judicial. En los círculos del Poder Judicial ya circulaba la versión que Vallecillo era uno de los jueces apadrinados por la magistrada.

En ese momento las versiones extraoficiales y reportes de los medios de comunicación señalaban que el dinero incautado presuntamente iba destinado al esposo de la magistrada presidenta, aunque posteriormente esa versión nunca se confirmó, mientras el juez detenido, que en un principio había amenazado con delatar a otros implicados, finalmente terminó llamándose al silencio.

A estos episodios se sumaron críticas por el manejo de los recursos de inconstitucionalidad relacionados con el estado de excepción, que permanecieron sin resolución durante el proceso electoral, alimentando la sospecha de que la Corte actuaba con criterios políticos emanados de Casa Presidencial, más que jurídicos.

El punto de quiebre llegó cuando la magistrada decidió autodesignarse como juez natural en el proceso contra los magistrados del Tribunal de Justicia Electoral, Miriam Barahona y Mario Flores Urrutia. Para amplios sectores, esa decisión representó una intromisión directa en un conflicto político-electoral, agravando la percepción de parcialidad.

Ambos magistrados habían sido acusados por el fiscal general Johel Zelaya de prevaricato judicial en un intento de inhabilitarlos y sacarlos del TJE, colocando en su lugar a los magistrados suplentes que obedecían instrucciones del coordinador del PLR y del entonces presidente del Congreso, Luis Redondo.

La defensa de los magistrados presentó una recusación contra Rebeca Ráquel Obando para evitar que ella dirigiera la audiencia, argumentando irregularidades en el procedimiento de nombramiento del juez natural y su supuesta militancia política con el partido en el gobierno.

Desde entonces, el desenlace comenzó a perfilarse. Aumentaron las voces que pedían su salida. Diversos actores de la sociedad hondureña y de los partidos de oposición comenzaron a plantear el juicio político para la magistrada presidenta por prestarse a los planes de Libre de descarrilar el proceso electoral.

Las elecciones del 30 de noviembre terminaron de alterar el tablero político. El triunfo de Nasry Asfura cambio el equilibrio del poder en Honduras y la nueva configuración de fuerzas en el Congreso Nacional, con nacionalistas y liberales haciendo mayoría, cambiaron las reglas del juego y sellaron la suerte de la presidenta del Poder Judicial, del fiscal general, Johel Zelaya, el consejero del CNE Marlon Ochoa y el magistrado del TJE, Mario Morazán.

En ese contexto, lejos de corregir el rumbo, la magistrada profundizó sus errores. La designación acelerada de más de un centenar de jueces, magistrados y funcionarios, muchos de ellos señalados por vínculos personales o políticos, realizada incluso después de que se le revocaran sus atribuciones, fue interpretada como un último intento por mantener cuotas de poder dentro del sistema judicial.

Todos esos nombramientos fueron anulados por el nuevo pleno de la Corte Suprema tras las denuncias que estas designaciones se hicieron sin seguir los procesos legales de concursos y de meritocracia. A eso se sumaron nuevas denuncias de abusos en el ejercicio del cargo como el hecho de seguir utilizando una flotilla de vehículos de alta gama alquilados y pagados con fondos del presupuesto de la Corte Suprema para la seguridad de toda su parentela, incluyendo sistemas de seguridad y vehículos seguidores.

Para muchos analistas, la renuncia de la magistrada el 25 de marzo fue una jugada para adelantarse a un juicio político inminente. Un proceso que no solo la habría expuesto con dureza ante la sociedad hondureña, sino que también habría sacado a la luz, de forma más amplia y pública, las irregularidades y otros hechos ya documentados sobre su gestión.

Al final de esta historia, la gestión de Rebeca Ráquel Obando expiró con más pena que gloria en medio de denuncias e investigaciones de nepotismo, parcialidad en la impartición de justicia, abusos y presiones de diversos sectores que exigen que se le destituya definitivamente de su cargo y sea sometida a un proceso penal.

Lo ocurrido no fue una sorpresa, sino la confirmación de un patrón de conducta. Cuando el poder se ejerce sin límites, cuando las instituciones se subordinan a intereses personales, partidarios, ideológicos o políticos, y cuando las advertencias se ignoran sistemáticamente, el desenlace deja de ser incierto para convertirse en inevitable.

Esta fue, en esencia, la crónica de una caída anunciada, la de una alta funcionaria que confundió autoridad con control absoluto y terminó demostrando que, en democracia, ningún poder es eterno cuando pierde legitimidad ante la ley y ante la sociedad.

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