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Sucedió en Sevilla y en Tegucigalpa



Por: Julio Raudales

La Fundación Musical de Honduras ha estrenado durante esta semana, por primera vez en Tegucigalpa, la famosa ópera “Carmen”, del compositor francés Georges Bizet, adaptada en su estilo clásico, con una responsabilidad y gusto exquisitos.

Al observarla quedé maravillado, no solo por el despliegue artístico de sus cantantes y coristas; también por el profesionalismo con el que fue montada su escenografía y demás elementos técnicos. Creo que los mas de dos mil espectadores que la presenciamos durante la semana, incluyendo su Gala, salimos satisfechos y con la sensación de haber apreciado un espectáculo único en su género en nuestro país.

Desde 1992, la Fundación Musical de Honduras (FMH), impulsa la cultura y el arte, siendo la única organización que se atreve a fomentar éste movimiento artístico que generalmente revela un cariz dramático, enlazando la música, el canto lírico y el teatro de forma magistral, para lograr que el público sensible se estremezca y reflexione sobre diversos temas del acontecer humano que, no importa la época, siempre están presentes en el imaginario social: el amor, la guerra, las bajas pasiones y Dios.

Gracias al denodado esfuerzo de la FMH, los hodureños hemos podido ver, sin salir de nuestro territorio, destacadas obras como La Boheme, La Traviata, Don pasquale y otras. Esta vez, el montaje de Carmen parecía rebasar el límite de las aspiraciones. Pero las expectativas fueron satisfechas e incluso superadas. La historia de la bella y libérrima gitana que muere a manos de su celoso amante, nos trae de vuelta a la realidad, jústamente en una semana en la que el país cierra con mas de cuatro casos de femicidios en el territorio.

Sé que puede parecer un atrevimiento pensar en Carmen desde la perspectiva de la violencia de género, pero creo que justamente el arte es eso: la obligada sublimación de la vida, o más bien, “la vida tiene mucha más imaginación que el arte”, como solía decir el cineasta francés Francois Trufaut, así que la reflexión al respecto puede ser necesaria, hasta imprescindible.

El primero en hacer una versión de esta ópera que pone acento en el femicidio fue Merimée -el autor de la novela en la que se basa la ópera- y el segundo fue Bizet. La obra habla de un femicidio: Un hombre que cree que una mujer le pertenece, y como esta mujer no quiere estar más con él, la asesina. Esto es Carmen. Afortunadamente hoy ya sabemos que el crimen pasional no existe, un femicidio es un crimen horrendo, sobre todo si se considera que las relaciones históricas entre hombres y mujeres, siempre han sido asimétricas y centradas en el poder, es decir, con perspectiva patriarcal. 

En la época en que se presentó por primera vez esta obra había una justificación del crimen pasional, y aún hoy en algunas sociedades el adulterio de una mujer se paga con la muerte. Lo lamentable es que, en nuestro país, este tipo de crímenes sigan asolados por la impunidad y encubiertos por el descrédito. Pensar en el “Alguna razón hubo para que la mataran”, justificar los hechos basándonos en prejuicios provenientes de una falsa moral, es la forma más abyecta de entronizar la cultura patriarcal en la vida de la ciudadanía.

No concuerdo con algunos argumentos de la crítica que acusan a la opera de Bizet de ser una apología al femicidio. Jamás aplaudiría el asesinato de Carmen, así como el ahorcamiento de Otello a Desdémona. Feminista sería que Don José entendiera que Carmen no le pertenece, que ella tiene derecho a vivir su vida amorosa como quiera y que la violencia quede afuera. 

Pero hasta ahora esa no parece ser la realidad de lo vivido en Tegucigalpa y otras ciudades de nuestro país. Lo trágico del asunto, es que los operadores de justicia actúen como si aún viviéramos en el siglo XIX y los medios justifiquen de forma tácita el asesinato, argumentando comportamientos que atenten contra la libertad individual.

De todos modos, hay que aplaudir: a la FMH por el coraje de montar en poco tiempo una obra de envergadura universal en un país donde el arte pareciera un elemento proscrito y dedicarse al arte un pecado social; a cantantes talentosas como Melina Pineda y otros internacionales que nos visitaron; a las y los estudiantes de diversos colegios y escuelas de la capital por dedicar tiempo y regalarnos una noche mágica en el Manuel Bonilla; y a Bizet y Merimée, que desde la Francia del siglo XIX, fueron capaces de visualizar, más allá del orden imaginado de la época, un problema que nos sigue atacando y que debemos vencer.

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