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La frustración social



PG NietoPor: Pedro Gómez Nieto
Asesor y Profesor CISI

La frustración es ante todo una emoción que experimenta la persona que no tiene posibilidades de satisfacer una necesidad, o un deseo, que no es lo mismo. Mata la esperanza, la confianza en alcanzar objetivos en base a capacidades y trabajo, oscureciendo el futuro del ser humano. Perdida la esperanza aparece la desesperación por la incertidumbre ante la vida. La esperanza es un estado de ánimo positivo, la frustración negativo provocando tristeza y abandono pero también irritabilidad y enojo.

Nuestra sociedad está lastrada material, moral e intelectualmente por culpa de una clase política que deambula a remolque de las legítimas demandas que ampara el texto constitucional: salud, trabajo, vivienda, educación, seguridad, igualdad de oportunidades… Frustración que utiliza la oposición para inducir estados de opinión que visualicen al Ejecutivo como el responsable de cualquier problema. Pregunta, ¿un paro nacional beneficiará la economía, la inversión, al trabajador, o más bien a quienes pretenden apoderarse de la banda presidencial sin pasar por las urnas? Tic, tac. El tiempo se les acaba. El “sesgo de representatividad” que visualiza el ciudadano es la imagen de próceres fracasados y resentidos que, para beneficio personal, pretenden hacer daño al pueblo que dicen amar.

“Cuando sea presidente las caravanas de emigrantes regresarán”. “Habrá trabajo, techo, comida y seguridad para todos”. “Me basto solo para vencer en las urnas al Partido Nacional, porque los buenos nacionalistas, liberales, y de Libre, también votaran por mí”. ¡Guau! Tolstoi decía que “no hay grandeza donde falta la sencillez, la bondad y la verdad”. En Navidad pareciera la carta a los magos de Oriente. Populismo simplista que divide a la sociedad en “personas decentes y buenas”, sus fans; o bien, “ladrones, traidores y narcotraficantes”, el resto. Traicionándole el subconsciente sentencia, “las próximas elecciones serán una mentira”, porque las urnas mostrarán el discurso mentiroso del timador de feria.

Estamos acostumbrados a vivir a la sombra de un Estado “paternalista”, de gobiernos “presidencialistas”, herencia del modelo de francés, centralista e intervencionista, subordinados los derechos individuales al (utópico) bien común nacional. Vemos normal que “otros vengan a resolver nuestros problemas”, incluso haciendo dejación de soberanía. El compromiso de los próceres para traer la CICIH si llegan a la presidencia, y la petición de la Plataforma de Salud para que el ministro del ramo sea un doctor cubano, son dos ejemplo que lo certifican. Entregamos el voto, por tanto el poder, a oportunistas que prometen lo que nunca cumplirán por incompetencia y malicia. Y cada cuatro años repetimos el bucle. La oposición utilizando la demagogia para responsabilizar al gobierno de los errores, el gobierno acusando a la oposición por no dejarle gobernar.

En países desarrollados funciona el modelo anglosajón. La jurisprudencia es vinculante; los intereses públicos subordinados a los privados. Y el Estado defendiendo la propiedad individual, articulando y fiscalizando los medios para que cada persona desarrolle su vida según sus capacidades y sacrificio.

“La corrupción actúa como un agente disolvente y nocivo para cualquier país. Disuelve la confianza de una sociedad en sus gobernantes y debilita en consecuencia los poderes del Estado. La corrupción merma la fe en la vigencia del estado de Derecho cuando campa a sus anchas, o no hay una respuesta política acorde a la entidad del daño que se ocasiona”. Palabras pronunciadas por un político español exponiendo el estigma que soporta la humanidad porque forma parte del ADN.

Encasillamos el concepto corrupción al ámbito político, afectando exclusivamente al funcionario público. Es un error. Debemos calificar también como corrupción las actividades de una persona cuando utiliza privilegios otorgados para quebrantar compromisos adquiridos, con la finalidad de obtener un beneficio para sí y/o terceros. Por tanto, existe la corrupción ideológica cuando, por ejemplo, el político expone su ideario para sumar adeptos, y después defiende en las urnas una ideología diferente por intereses personales, traicionando a seguidores y simpatizantes.

El poder es consustancial al “síndrome del espejo”, a mayor concentración de poder más se manifiesta. El sujeto se siente en posesión de la verdad, tocado por el dedo divino. Confunde su voluntad con la del pueblo al que representa, cuestionar sus decisiones es oponerse al pueblo, por tanto, a la voluntad divina. Esta patología es consustancial con las dictaduras, mostrándose en Latinoamérica en lideres mesiánicos de la izquierda revolucionaria. Castro, Chávez, Maduro, Morales, Ortega, Lula, Correa, Zelaya…

“En democracia la ignorancia del votante perjudica la seguridad de todos”.
-J.F. Kennedy-

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