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El cuento de la navidad



PG NietoPor: Pedro Gómez Nieto
Asesor y Profesor CISI

Escribir sobre la Navidad es permitir que sentimientos y recuerdos llamen a la puerta perturbando la paz del corazón hasta sentir que duele, al par surge un sabor agridulce en la boca

Navidad es sinónimo de alegrías e ilusiones en hogares bendecidos con niños, pero también de melancolía recordando a los que se fueron cuyo número aumenta cada año hasta que se detenga en nosotros. Es tiempo de reflexión y recuento. De aceptar y entender que las decisiones tomadas y rechazadas nos trajeron donde estamos. Según lo que somos en la vida, queremos; según queremos hacemos; según hacemos somos lo que hicimos para serlo. La conducta fortalece o debilita nuestros valores y convicciones, pero el tiempo y las circunstancias siempre los modifica y reformula. Mientras al levantarnos cada mañana podamos mantener la mirada en quien te mira desde el otro lado del espejo todo irá bien.

Las navidades ya no son como las de antes, aquellas vividas con ojos de niño junto a nuestros padres. Nos alejamos cada año de esa mirada inocente de la infancia que el paso del tiempo y las mitocondrias de las células nos ocultan, con más arrugas para la piel y achaques para el cuerpo, si no fuera por la mirada que nos devuelve el espejo en la que nos seguimos reconociendo. Mirada de Navidad feliz que vislumbramos en el niño que vemos junto a su madre haciendo fila dentro del Mall, esperando impaciente su turno para saludar al Papá Noel de mentirijillas, mientras el padre les toma fotos con el teléfono celular comprado a plazos en el “viernes negro”, otro cuento (chino) de la Navidad.

En ese Mall, junto a una escalera mecánica observamos un anuncio que induce a comprar material deportivo, dice: “El éxito no es la clave de la felicidad. La felicidad es la clave del éxito”. Compre, gaste, consuma, si quiere ser feliz. Reflexionemos. Éxito procede del latín, significa “salida”, indica el resultado final de la acción realizada superados los demás participantes. Su antónimo es el fracaso. De otra parte la felicidad es un estado de ánimo positivo que provoca emociones gozosas, cuantos más espirituales más intensas. El problema es que nadie conoce el devenir de los acontecimientos porque la vida no la controlamos, por tanto, no nos pertenece, nos fue regalada y aún no hemos entendido el motivo. Hay vivencias negativas que no producen felicidad sino dolor y sufrimiento, llevándonos al fracaso según la lógica del anuncio, pero es falso porque fortalecen el carácter y purifican el espíritu.

El cuento de la Navidad radica sencillamente en el enfoque. Nos venden la sociedad del consumo como panacea de felicidad y éxito, pero es un espejismo buscar ambos en lo material, dinero y poder. La felicidad se encuentra en nuestro interior, olvidada y arrinconada, lo que provoca insatisfacción, vacío existencial, soledad espiritual. Si los radios confluyen en el centro de la rueda para darle soporte y sentido a su propósito, todos los días del año confluyen la noche del 24 de diciembre en el portal de Belén para darle sentido a la Navidad.

La luz de la estrella que alumbra el portal es la única que puede iluminar el camino que debemos recorrer para ser felices. Navidad, tiempo para recordar a los seres queridos que partieron, para hacer balance de aciertos y errores, tiempo de arrepentimiento y perdón, de ilusiones y propósitos, de agradecimiento a quien por amor se abajó a la condición humana, abrazando nuestras debilidades y limitaciones para darle razón de ser a nuestras vidas justificándonos ante el Padre.

Me gusta detenerme en los escaparates de comercios que ponen el nacimiento. Recuerdo acudir junto a mis padres al bazar donde vendían figuras del Belén para comprar alguna nueva, musgo, serrín, y papel de estraza color marrón con el que tapar las cajas de zapatos agrupadas simulando la orografía donde situar la posada, el rio, las lavanderas, el castillo de Herodes… y el establo con el pesebre, coronado por la estrella. Tiempos felices que permanecen con nostalgia en el corazón. Disfruto haciendo fotografías a los belenes que exhiben en las iglesias. Contemplándolos me identifico con cualquier pastor colocado cerca del portal, testigo privilegiado del milagro que cada año se produce en ese pesebre. La Navidad es el tiempo donde la vida de la humanidad recobra su sentido.

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