
Tenemos una clase política chabacana y necia. No aprenden la lección y persisten en la estulticia y comportamiento vacuo y poco generoso con la población que los elige, no por sus aptitud o compromiso con la mejora, sino porque no tiene opción.
Lo peor de todo, es que ellos no son conscientes de su inopia. Piensan lo que hacen es maravilloso y digno de aplaudir. No tienen la más mínima idea de la tragedia que están forjando con su frivolidad
Hace cuatro años apenas, la población observó estupefacta como una pandilla de forajidos se encaramaba a la fuerza en la directiva del Congreso Nacional para dirigir desde allí el circo más desvergonzado que esta generación ha presenciado, cobrando por ello la bicoca de 5,000 millones de lempiras en 4 años, sin resultados observables ni mejoras para nadie, salvo para ellos y tal vez sus familias.
Pero, aunque parezca mentira, las cosas no han cambiado mucho desde aquel sainete. Esta vez no hay patadas sino “amistosos arreglos” que concluyeron en un cínico reparto de cargos en una multitudinaria junta directiva que, de seguir creciendo así, en pocos años será la mitad del pleno.
Está claro que, quienes votaron el 30 de noviembre pasado, lo hicieron sobre todo por hartazgo y cansancio al atestiguar tanta payasada de mal gusto y, lo peor de todo, tan costosa. Es muy triste observar como muchos parlamentarios llevan años allí sin entender la magnitud de sus responsabilidades.
Muchos diputados insulsos del Congreso anterior, tuvieron que abandonar su curul por la fuerza de la voluntad popular; otros se atornillaron a la brava mostrando una vez más su vocación de delincuentes. ¡Hasta cuando veremos un cambio genuino!
La política es un arte en que los signos son fundamentales. Así como el Congreso anterior dio, desde el primer día, señales claras de lo que sería su execrable actuación, los diputados actuales no mostraron un comportamiento necesariamente consecuente con los cambios que el país reclama.
Ojalá y reflexionen, la gente que aun cree en la democracia no merece que se sigan burlando de ella.
En las pocas horas que llevan instalados, los flamantes diputados hablan ya de cambios que más parecen responder a una visión miope y poco ilustrada que a las aspiraciones de una ciudadanía cansada de tanto berrinche.
Hablan, por ejemplo, de eliminar la “Comisión Permanente”, como si esta no tuviera clara sus atribuciones y no se hubiesen enterado de que el problema no es la figura en sí, sino el mal uso que hizo de ella el patibulario patrón que le daba órdenes a su conserje Luís Redondo.
Dicen que revisarán el mandato que las fuerzas armadas tienen de garantizar el proceso electoral, como si no supieran que el problema no es la institución, sino el obsecuente chafarote que, en flagrante violación a sus deberes, casi echa a perder el proceso.
Nos cuentan que harán reformas electorales, pero ya deslizan la idea de que los partidos políticos deben continuar administrando el proceso y que las Juntas Receptoras de Votos “podrían” tener el acompañamiento de la sociedad civil. ¿Debemos entender entonces que no habrá una autentica ciudadanización del proceso? ¡Hay que estar atentos!
Dice el adagio popular que “gallina que come huevo, aunque le quemen el pico”. Debemos tener claro que no son ellos los que harán el cambio sino nosotros, la ciudadanía vigilante. Por eso hay que estar alerta y reclamarles el cambio desde el primer día. Está claro que si les damos el cheque en blanco nos volverán a estafar como hicieron antes.
Los hondureños elegimos a estos porque no nos queda de otra, eso deben tenerlo claro. No vamos a ceder ni un centímetro a sus malos hábitos. Ciudadanización total del proceso, elección de diputados por distrito, segunda vuelta electoral si es necesario, una junta directiva pequeña y facilitadora de las reuniones, no presidencialista; mejor calidad en el debate y una agenda consecuente con la solución de nuestros inmensos problemas. Eso es lo que necesitamos y eso estaremos reclamando hasta el 25 de enero de 2030.





