
No conforme con el estropicio que está causando en todo el mundo, el presidente de los Estados Unidos continúa con su deriva matonesca, contumaz y grosera, sobre todo contra quienes se dicen sus aliados.
El pasado jueves 23 de julio, el secretario de comercio de aquel país anunció la imposición de un arancel – ¡otro más! – de entre 10% y 12.5% a más de 60 socios comerciales. Lo curioso es que ahora, para justificar el impuesto, utiliza el peregrino argumento de que estas economías intercambian bienes y servicios con países que producen explotando a sus trabajadores mediante la violación de la normativa laboral internacional.
La treta, según él, es que la Suprema Corte, que por cierto cuenta con amplia mayoría republicana, no podrá revertir la medida, como hizo hace algunos meses con el paquete arancelario anterior, por considerarlo lesivo a los intereses y bienestar de la ciudadanía. El “Hombre Naranja” parece decidido a continuar con su proceder oligofrénico en un intento por convencer a sus votantes de que el arcaico proteccionismo comercial traerá de nuevo grandeza a América.
La experiencia en todo el mundo y a lo largo de la historia, ha demostrado una y otra vez, que una política comercial autárquica solo trae miseria y atraso. Sin embargo, el presidente norteamericano se aferra a esa suerte de superstición nacionalista: “Hay que castigar a los productos importados porque con ello incentivamos la producción interna de mercancías. Ninguna nación de las que han probado esta fórmula ha tenido éxito.
Resulta especialmente triste que un país, cuyo liderazgo y prosperidad se explican en buena medida por priorizar la apertura comercial y la libertad económica, esté azuzando a sus socios comerciales con medidas tan erróneas. Se trata, por supuesto, de una argucia para tratar de engañar a los votantes que en noviembre irán a las urnas y que, a estas alturas, están molestos y cansados de los elevados precios del combustible, de los alimentos y de tantos otros bienes que, antes del desaguisado de la guerra en medio oriente, no habían escalado como hoy.
En el caso de Honduras, se debe mencionar que inicialmente recibiría la tasa arancelaria más elevada (12.5%), al igual que Nicaragua y Costa Rica, sin embargo, un movimiento rápido y oportuno, consistente en la emisión de un decreto de emergencia por parte del gobierno de Asfura, en el cual se prohíbe taxativamente la importación de bienes producidos mediante “trabajo forzoso” provocó la reclasificación por parte del departamento de comercio norteamericano y nos deja, al igual que Guatemala y El Salvador, en el piso de cobro. Punto para Melvin Redondo y el Presidente.
Pese a lo atolondrada que resulta la política económica norteamericana, es relevante reconocer que, como nación soberana, tiene derecho a imponer las medidas que considere convenientes. La pregunta obligada ante el desaguisado es: ¿Qué haremos en Honduras para esquivar estos terribles golpes foráneos?
Quizás lo primero es entender con exactitud por qué es tan necesaria la apertura comercial para nuestro país. La mayoría de quienes hacen políticas públicas en Honduras, manejan una concepción más bien prejuiciosa del comercio. Piensan, al igual que Trump, que imponer aranceles es una fórmula mágica que de por sí mejorará la producción interna. ¡Craso error!
Un buen ejemplo de lo dicho es que justamente el mismo día del anuncio arancelario por parte de los Estados Unidos, el gobierno de Honduras decidió suspender la negociación del Tratado Comercial con la República Popular China. ¿En qué nos afecta la negociación de un instrumento que lo único que busca es abrir mercados a la producción hondureña en la segunda economía del mundo? ¿Qué bienes y servicios producidos por trabajadores hondureños deseamos proteger al evitar que los chinos nos vendan más barato?
¿No sería mejor que nos ocupásemos de elaborar una agenda que nos permita hacer que aquellos bienes en los que tenemos potencial productivo sean más competitivos y atractivos para mercados enormes y deseosos de comprar, como los son La India y China?
Sin embargo, pareciera que lo único que verdaderamente estamos dispuestos a importar del exterior es la contumacia del presidente norteamericano. Esa actitud solo nos llevará a la pobreza y la ulterior destrucción de nuestra sociedad. ¡Que Dios nos agarre confesados!





