Tegucigalpa (Proceso Digital / Por Alejandro García) – La Antigua Penitenciaría Central, conocida popularmente como la PC, cumple 150 años como uno de los espacios más cargados de memoria en la capital hondureña. Durante más de un siglo fue el lugar donde se mezclaron criminales comunes con estudiantes, maestros, poetas, políticos y opositores de distintos gobiernos. Hoy, ese edificio austero y herido por el tiempo se ha transformado en un testigo silencioso de la historia social, política y cultural del país.
Ubicada en el barrio La Hoya, a la orilla del río Chiquito, la penitenciaría dejó de funcionar como centro de reclusión tras el paso devastador del huracán Mitch en 1998. El fenómeno natural destruyó parte de sus muros y obligó al cierre definitivo del penal, que durante décadas fue considerado la cárcel más temida de Honduras.
Construida entre 1883 y 1888, durante los gobiernos de Marco Aurelio Soto y Luis Bográn, la PC fue diseñada con gruesas paredes de adobe y un estilo sobrio inspirado en cárceles estadounidenses de la época. Hoy, el inmueble es administrado por la Alcaldía Municipal del Distrito Central, bajo la veeduría del Instituto Hondureño de Antropología e Historia (IHAH), mientras sus alrededores sirven como base operativa de la Policía Municipal.
Aunque el edificio ha recuperado parte de su vida como sede de actividades culturales y comunitarias, el paso del tiempo es evidente: dos de sus torreones han sido restaurados, mientras los otros permanecen deteriorados. El muro perimetral muestra grietas, manchas, grafitis y pintura desgastada que revelan décadas de abandono.



Las calles que rodean la vieja PC —estrechas, empinadas y cargadas de historia— son transitadas cada día por miles de personas que rara vez se detienen a observar el edificio que alguna vez simbolizó el brazo de la justicia… y también de la injusticia. El ruido, el humo y el tráfico opacan la presencia de un inmueble que guarda episodios decisivos de la vida nacional.
El entorno contrasta: callejuelas bajas, un puente sobre el río y las gradas que conectan con los Altos de La Hoya, zona donde vivieron familias prominentes y personajes como Clementina Suárez, pionera de la literatura femenina en Honduras.
Hoy, en la antañona cárcel, la emblemática “Nave Carías” funciona como el Centro Cultural Libertad, un espacio recién inaugurado que busca preservar el patrimonio del centro histórico y devolverle al barrio un lugar de encuentro comunitario.
Historia de un símbolo
La idea de construir la Penitenciaría Central surgió en 1876, cuando el presidente Marco Aurelio Soto ordenó levantar un edificio moderno para sustituir las celdas improvisadas de los cabildos y evitar el traslado de reos a la Fortaleza de San Fernando en Omoa. El predio elegido fue el sector conocido como El Molinón, hoy barrio La Hoya.


La cárcel comenzó a operar en 1889 con 184 reclusos: 167 hombres y 17 mujeres. Para sostener la vida interna, las autoridades utilizaron la mano de obra de los propios presos, quienes cultivaban legumbres en los terrenos del complejo. Sin embargo, las constantes crecidas del río Chiquito inundaban los cultivos, por lo que los internos construyeron un malecón de piedra de 80 metros para protegerlos.
Durante el gobierno del general Tiburcio Carías Andino, la penitenciaría fue reconstruida y ampliada. Se reforzó el murallón, se levantaron torreones, se construyó una capilla de piedra y se añadió un segundo nivel a la galera original, rebautizada como “Nave Carías”. Esa es la estructura que permanece hasta hoy.
Presos que marcaron época
La PC alojó a figuras que terminaron encarceladas por razones políticas o por sus críticas a los gobernantes de turno. Entre ellos: Juan Ramón Molina, poeta, detenido por orden del presidente Terencio Sierra tras una publicación periodística y en 1904, el presidente Manuel Bonilla ordenó el arresto de varios diputados críticos, entre ellos Policarpo Bonilla, expresidente de Honduras.



En décadas recientes pasaron por sus celdas personajes como Ramón Custodio, Gautama Fonseca, Ramón Villeda Bermúdez, Carlos Roberto Reina, Ramón Valladares Soto, Óscar Reyes Baca, entre otros.
La penitenciaría también albergó espacios de privilegio como “La Mora”, donde permanecían reclusos condenados por delitos de alto impacto como masacres de campesinos, narcotráfico y asesinatos cruentos.
El huracán que cambió el destino del penal



A finales de octubre de 1998, el huracán Mitch provocó el desbordamiento del río Chiquito, destruyendo los muros del complejo. Muchos reclusos saltaron al agua para salvar sus vidas. El daño estructural fue irreversible y las autoridades ordenaron el cierre definitivo del penal, trasladando a los internos a la Penitenciaría Nacional de Támara.
Memorias desde adentro

El historiador Rubén Darío Paz recuerda sus visitas a la penitenciaría, donde dos primos suyos trabajaban como instructores de ebanistería y soldadura. En 1993 ofreció tres charlas sobre historia de Honduras a los reclusos.
Paz relata que los presos estaban organizados en “hogares” llamados Yuscarán, Maraita y Honduras. También recuerda la capilla de piedra, “hermosa y bien lograda”, y el hacinamiento extremo: más de tres mil internos en un espacio sin condiciones mínimas.
“Era como un mercado enorme en un espacio inadecuado”, describe. Entre esos espacios conoció “La Mora”, donde permanecían reclusos de alta peligrosidad.
Hoy, la Antigua Penitenciaría Central permanece en pie como un recordatorio de lo que Honduras ha sido y de lo que aspira a preservar. Sus muros erosionados, sus torreones cansados y sus pasillos ya no contienen reclusos, pero sí alojan memorias que resisten al olvido: historias de justicia, injusticia, valentía, abuso de poder, solidaridad y supervivencia. Convertida ahora en espacio cultural, la vieja PC invita a mirar de frente el pasado para comprender mejor el presente y para reconocer que, en cada piedra, late una parte de la identidad de Tegucigalpa. (PD/ag)









