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Mujeres lencas, tejedoras de vida esperan que la inclusión llegue a sus telares



Esta indígena lenca, experta en el arte de las telas, en plena faena. Esta indígena lenca, experta en el arte de las telas, en plena faena.
Autor del artículo: Especial Proceso Digital

La Esperanza, Intibucá – Son mujeres jóvenes envueltas en tradiciones y labores ancestrales. Habitan en maravillosos parajes del occidental departamento de Intibucá, donde sus condiciones de vida contrastan con la riqueza natural de una zona que hace honor al  verso de Alfonso Guillén Zelaya: “bendiga Dios la prodiga tierra en que nací…”.

-Las tejedoras lencas requieren canales para comercializar sus tejidos a precios justos.

-Una pieza lenca tiene  un valor en Tegucigalpa que supera en más de cinco veces el precio que tiene en el telar.

Las indígenas lencas son una especie de motor en La Esperanza y sus alrededores. Se les ve emprendiendo pequeños negocios; cultivando la tierra;  cosechando los “choros” (una seta “gourmet”) que nace naturalmente bajo los ocotes (pinares); poniendo vida y color a los mercados;  trabajando en servicios variados;  activas en su lucha por la conservación del planeta y de sus familias y frente a los alteares de los templos, profesando su fe con una devoción conmovedora.

El arte de hilar

tejido colorEn medio de sus rutinas,  sobresale su dedicación a los telares, esos talleres artesanales donde las lencas tejen laboriosamente hermosas y únicas piezas, usando hilos de mil colores que con sus matices  iluminan y dan vida a quienes las usan.

Para encontrar los talleres de esas tejedoras hay que salir del centro de La Esperanza y por carretera de tierra cruzar la majestuosa laguna de Chiligatoro, en cuyos alrededores se cultivan hortalizas y flores,  hasta llegar, por ejemplo,  al telar de El Cacao, ubicado en el caserío del mismo nombre.

El telar de El Cacao es una especie de cooperativa que está instalada en una pequeña casita, en medio de un prado verde a la orilla de la carretera, para entrar al lugar se cruza un portillo, entre un rústicos cerco, que a través de una angosta vereda conduce al taller donde los reducidos espacios dan cabida a los telares en los que se encuentran embebidas ocho jóvenes mujeres lencas que reciben a los visitantes con una discreta sonrisa y un saludo reverente.

Aun cuando tienen visitas, la mayoría de ellas no se distrae de su ocupación y siguen tejiendo sin detenerse, mientras una o dos atienden a los visitantes.

Allí la labor es constante;  los hilos multicolores y los lienzos en tonos brillantes matizan con los rostros tímidos de las mujeres y con la modesta casita colmada de tejidos.

Así es El Cacao

el cacaoUna pequeña vitrina apiña las esmeradas piezas.  Cerca de la ventana, desde donde se aprecia el paisaje, dos viejas baterías de automóvil, destilando líquido y conectadas al panel solar, permiten trabajar a las mujeres. En El Cacao no hay energía eléctrica.

El rural poblado tiene menos de dos mil habitantes, dedicados casi todos al agro, relata una de las tejedoras, que demanda energía eléctrica para su lugar.  Las mujeres también hacen énfasis en la necesidad de contar con un centro de salud básico, ya que deben viajar hasta Río Grande para recibir atención médica primaria.

Igualmente desean tener una construcción escolar que permita a cada grado tener su propia aula.

La tierra y la familia

Las mujeres lencas también son apasionadas por la tierra, ellas prefieren la siembra más que dedicarse a los oficios de la casa. Pero esos quehaceres, al igual que sus labores de tejedoras, no les distraen de atender a sus hijos los que en edades tempranas cargan en sus espaldas, sostenidos en piezas de tela que ellas mismas elaboran con ese propósito.

María Delia es la mayor de las jóvenes que tejen en El Cacao, tiene  29 años y es madre jefa de familia, tiene una niña de 12 años llamada Delcy,  a la que enseña el arte de las telas. Delcy aprende a enrollar los hilos como parte inicial del proceso, ella va a la escuela “15 de Septiembre” donde estudia su octavo grado.

Su madre comenta como al Cacao llegan turistas que se deleitan con las demostraciones de las destrezas con las que ellas confeccionan, hilo a hilo, los lienzos.

Otras mujeres que tienen varios hijos, en edades menores,  tejen en sus viviendas pero eso no les aparta de la organización textilera.

Gran trabajo, poca recompensa

tejedorsitaEverilda Martínez  es otra de las tejedoras intibucanas, que es parte de la cooperativa de mujeres de El Cacao, ella lleva poco más de un año hilando diariamente. Everilda vive con sus padres y cinco hermanos, todos se dedican a la agricultura de subsistencia. En la zona se siembran granos básicos y papas (patatas).

La joven Everilda comenta que para tejer ellas adquieren la materia prima en Guatemala, donde obtienen lanas e hilos de gran calidad.

Una de las tejedoras jóvenes que ha logrado, en poco más de dos años, perfeccionarse en el arte de los telares se llama Marlen, de 16 años, delgada, de cabello largo, negro, lacio, ojos rasgados y facciones similares a las de los orientales. Ella comenta con voz suave pero, denotando un sutil orgullo, que ha logrado conocer todos los pasos y técnicas para realizar el mejor de los tejidos.

Mientras confecciona una larga pieza de tela que ya tiene dueño, porque se la ha encargado una clienta exclusiva desde Tegucigalpa, la capital hondureña, Marlen comenta que ella disfruta esencialmente elaborar chales.

Sus cuatro hermanos, junto a sus padres, se dedican a sembrar frijoles, papas y verduras dice Marlen.

La benjamina del pequeño taller es Giselle, una chica de sonrisa permanente y piel canela; su figura resulta pequeña para el telar que tiene frente a sí,  pero ella no se amilana y sus manos, no tan hábiles aún en las destrezas, se ocupan de trabajar hilo a hilo, en una fase de las más dificultosas del proceso.

Giselle dice que le encanta combinar colores y como en los casos de cada una de sus amigas del pequeño telar, todos en su casa trabajan la tierra.

tejedoras

A la espera de los precios justos

Cada chica en el taller obtiene por su trabajo un estipendio módico cada semana, pocas veces superan los 400 lempiras. Ellas tejen de maravilla, pero aún no conocen los canales para mercadear adecuadamente sus productos, mismos que en otras esferas son comercializados con valores hasta en cinco veces más altos que en los telares.

Las lencas tienen en su catálogo de productos una variedad de piezas de mantelería que van  desde caminos de mesa, centros, individuales, servilletas, tortilleros, tapetes y un sinfín de segmentos para la mesa y la cocina.

Igualmente es amplio su muestrario de piezas de ropa que va  desde chalinas, pashminas, chales, blusas, camisas, bufandas y gorros entre otros.

La colección deja ver piezas de joyería como collares tejidos y combinados con semillas y frutos exóticos que tienen un costo promedio de 100 lempiras la pieza.  Las vinchas para el cabello tienen un valor de entre 60 y 70 lempiras.

Las zapatillas a base de tejidos lencas cuestan en El Cacao 200 lempiras, un precio similar en los mercados locales, a excepción de las tiendas para turistas donde su precio se incrementa hasta en un 100 por ciento.

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La tendencia de “la moda lenca” se expande

También en Tegucigalpa los tejidos lencas son parte de la moda y de lo que está “in”. Son muchas las mujeres y hombres que usan los tejidos indígenas y no son pocas las tiendas que presumen las piezas elaboradas por las indígenas.

Para el caso, en un exclusivo centro comercial ubicado en el bulevar Morazán de la capital hondureña, una boutique de primer nivel exhibe en sus escaparates camisas para hombre con tejidos lencas a un precio de mil 300 lempiras la pieza, mientras que la misma camisa, para mujer, tiene un valor de un mil 150 lempiras. Son tejidos que en El Cacao se adquieren hasta por 200 lempiras mientras que en las tiendas para turistas en La Esperanza, su valor alcanza los 600 lempiras.

Un multicolor chal tiene en una boutique de Tegucigalpa un valor de 900 lempiras, en tanto que la misma obra vale en El Cacao 200 lempiras.

Un collar lenca se consigue en una exclusiva boutique por un valor de entre 650 a 700 lempiras y se exhibe en un maniquí, finamente decorado. Esa misma pieza en El Cacao cuesta entre 100 y 120 lempiras y en los suvenires de La Esperanza su precio anda por los 450 lempiras.

Los colores y texturas lencas se han convertido con mayor fuerza en un referente de la moda con mayor acento este 2016, pero el beneficio de esa demanda poco o casi nada se percibe entre las que originan esas maravillas textileras que las trabajan como un medio de vida, que además les permite conservar su maravillosa herencia cultural.

Así discurre la vida de las tejedoras lencas en El Cacao, un hermoso paraíso natural en las alturas de La Esperanza, donde las manos de las mujeres se multiplican entre tejidos, la siembra de la tierra, el cultivo de las flores, su vehemencia por la naturaleza y su inmensa fe que refleja bondad y esperanza.


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