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Mi abuelo Pedro



PG NietoPor: Pedro Gómez Nieto

Nunca he sido partidario de enterrar a los muertos, prefiero la cremación.

El cuerpo es solo un traje orgánico biodegradable para que el alma pueda permanecer en esta nave espacial llamada Tierra, que surca el Universo a una velocidad superior a los cien mil kilómetros por hora. Rechazo que el cuerpo que ocupó un alma querida se pudra y sea pasto de gusanos, considero que merece el respeto que solo la cremación ofrece. El fuego purifica.

Creados por el amor del Padre en el Hijo, para quien existe todo lo creado, somos seres espirituales para vivir en la luz, pero dotados de libre albedrio para escoger la oscuridad. “En él estaba la vida, y la vida era la luz”, Juan 1,4. En otro pasaje Jesús nos dice: “Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no andará en tinieblas”, Juan 8, 12. Cuando clavado en un madero Jesús expiró, “el Sol se oscureció, y las tinieblas cubrieron la Tierra”, Lucas 23,44. La oscuridad es la ausencia de la luz, nunca a la inversa.

Los enemigos de la luz argumentan que el hombre es libre y dueño de su vida. ¡Rebélate contra las prohibiciones! Come del fruto prohibido y controlaras tu destino… y el primer pecado apareció en el mundo, la soberbia. El segundo fue la envidia, cuando Caín mato a su hermano Abel porque no soportaba que fuera mejor que él. El tercero es la avaricia, Timoteo 6,10: “La raíz de todos los males es el amor al dinero”. Pecados capitales de políticos corruptos -de cualquier ideología- que tienen empobrecida a la población hondureña, espiritual, intelectual y físicamente. Llevo 14 años en Honduras escuchando quejas porque los hospitales están desabastecidos, mientras las medicinas caducan y se pudren en las bodegas, y los pobres enfermos pobres caducan y se pudren en los cementerios. Es el hombre quien se aparta de Dios para adorar al becerro de oro, nunca a la inversa.

Mi abuelo Pedro falleció antes de que naciera. La información que guardo de su vida procede de su expediente militar, fue un soldado. Hijo de una familia numerosa y pobre, los progenitores lo entregaron a la “Casa de la Misericordia”, un orfanato municipal de Córdoba, para que se ocuparan de su supervivencia. Con 16 años modificó la fecha de su partida de nacimiento y se alistó en el Ejército, solicitando destinos de riesgo. Así fue como terminó en el “Batallón de Cazadores” número 17 en Cuba, luchando en la guerra que provocó Estados Unidos contra España para apoderarse de la isla. Su hoja de servicios describe las numerosas operaciones (suicidas) en las que intervino, para las que se presentaba voluntario. No le importaba tentar a la muerte, incluso siento que llegó a desearla…

Cuando regresó de la guerra, junto a la derrota militar, se trajo tres medallas con distintivo rojo, al valor, por su comportamiento heroico en combate. De soldado fue ascendiendo por méritos de guerra hasta suboficial. Estuvo destinado en una localidad de Andalucía donde se casó con mi abuela Paulina, madre de mi padre Antonio, también militar. Junto a mis padres, el año que nací, emigramos a África, Guinea Ecuatorial, donde estuve 17 años, lo que me produjo desapego a la tierra de los ancestros, a las costumbres y tradiciones.

No sé dónde se encuentra enterrado mi abuelo. No recuerdo que mis padres visitaran alguna vez su tumba, al menos el día de difuntos, para limpiarla y ponerle flores. No entiendo porque enterramos a los seres queridos para que sus restos terminen olvidados cuando nosotros hayamos muerto, y seamos también olvidados. Seguramente su tumba ya no exista. Posiblemente tampoco el cementerio.

Mientras viva, mi abuelo sigue vivo en mi recuerdo, cuando muera morirá conmigo. Aunque no lo conocí, con frecuencia siento su presencia cercana, como si estuviera cuidándome. En estas fechas en las que recordamos a nuestros difuntos, he querido escribir sobre él, en la certeza de que un día podré abrazarlo y decirle que le quiero, admiro, y lo extraño.

El tiempo solo tiene sentido desde la materia y el espacio. La eternidad no es la suma infinita de tiempo, sino la ausencia del mismo. El espíritu, sin el cuerpo, no está sometido al tiempo, por tanto, siempre se encuentra en presente.    -A mi abuelo Pedro-

 

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