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Mansiones verdes



Otto Martin Wolf 2015Por:Otto Martín Wolf

Desde la distancia del tiempo es difícil determinar si se trató de Mansiones o Prisiones Verdes.

Como un ejercicio mental recordemos que la Honduras de la época del “enclave bananero” es ahora habitada por los descendientes de quienes la vivieron, somos los mismos, sus hijos, nietos y bisnietos.

No somos una raza diferente, después de la destrucción de la industria bananera no vinimos del espacio exterior, somos los que quedamos, lógicamente somos la descendencia.

Cómo fueron las cosas en aquél tiempo?

Las compañías bananeras eran como cualquier empresa en la actualidad, invertían dinero y querían dividendos. Era una industria nueva, tenían que enseñar a la gente a trabajar mientras la diseñaban, porque antes de ellos la siembra del banano era casual, no industrializada.

No muy diferentes a las maquilas en el presente, donde se enseña a la gente a efectuar una labor, se exige calidad y eficiencia y se paga lo que se puede por el servicio, desde luego lo menos que se pueda.

Cuentan los ancianos que las bananeras construían barracas para los empleados solteros, que seguramente eran mucho mejores que las propias casas que habitaban los que no trabajaban en las compañías, a juzgar las chozas de plástico y cartón en que viven algunos de los descendientes.

Capataces, “time keepers”, gerentes de finca, etcétera, disfrutaban de más comodidades, dependiendo del rango. Pero éstos también eran hondureños a quienes se les asignaban casas, con ropa de cama, loza, equipo de cocina y demás.

También había escuelas para los hijos, servicios médico, transporte en los trenes de la compañía. Energía eléctrica y teléfono no existían por parte del Estado, todo lo que había lo hacían las bananeras.

Claro que se exigía trabajo, mucho trabajo, de eso se trata el asunto.

Cualquiera que tiene que lidiar con un empleado en la actualidad sabe lo difícil que es ser patrón, las muchas mañas y falta de honradez de algunos.

No es muy distinto a lo que vemos ahora, somos los mismos.

Las “Prisiones Verdes” eran lugares de trabajo y trabajo duro, con nuestro clima difícil, huracanes e inundaciones y enfermedades tropicales severas, especialmente cuando aún no se conocían medicinas ni vacunas para la fiebre amarilla o el paludismo.

Pero se vivía bien, al menos mejor que como vivían los que no trabajaban en el banano.

Los salarios que se pagaban en aquella época son superiores -ajustados al tiempo- que los que se pagan ahora.

No había tales prisiones verdes, sólo centros de trabajo, duro, pero bien pagado.

La huelga del 54 marcó un cambio en el destino de Honduras. Llegamos a creer que podíamos hacerlo mejor. El resultado, en un rápido viaje en el tiempo, fue que perdimos la industria bananera, el desarrollo se detuvo, las compañías fueron a otros países menos inhóspitos y hoy nos vemos consumiendo bananos importados. Nosotros, que llegamos a ser los primeros productores del mundo.

Así es como fue, no hubo prisiones verdes, ni tampoco mansiones, sólo centros de trabajo y producción.

En las escuelas nos han enseñado otra cosa, quizá no la realidad si no lo que ordenan los intereses políticos de los profesores, algo puede haber sido cierto, pero no todo, no tan radical.

Recuerde; nuestros mareros, drogadictos, borrachos, capos de la droga, gobernantes corruptos, asaltantes y violadores -así como los hondureños buenos y honrados- todos somos descendientes de los que vivieron ahí, somos los mismos.

No nos hicimos malos por las bananeras, tampoco buenos, simplemente fuimos y somos quienes siempre hemos sido y siempre seremos.

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