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Luto y dolor



cosenzaPor: Luis Cosenza Jiménez

La trágica reyerta acontecida el sábado recién pasado, previo al partido de balompié entre los clubes Motagua y Olimpia, nos ha dejado sumidos en el luto y el dolor. La noticia ha circulado por el mundo dañando nuestra ya deteriorada imagen y confirmando, según algunos, que somos presos de la violencia salvaje. ¡Cómo duele ver como saldamos nuestras diferencias! Pareciera que los hondureños ahora pensamos que la única forma de resolver nuestras discrepancias es mediante la violencia grotesca y el asesinato. ¿Qué nos ha pasado? ¿Cómo hemos llegado a este punto? ¿Qué podemos hacer para volver por el sendero de la convivencia pacífica y el diálogo para superar nuestras divisiones? Analicemos la situación y veamos a que conclusiones podemos llegar.

A mi juicio, nuestra triste situación tiene sus raíces en la desintegración familiar y la pérdida de nuestros valores morales. En muchos de nuestros hogares la figura del padre no existe. Muchos hombres se han dedicado a engendrar hijos a quienes luego abandonan. Muchas mujeres deben criar sus hijos por si solas, sumidas típicamente en la pobreza y la marginación. Con suerte sus hijos completarán la escuela primaria, con mucha suerte la secundaria, y casi nunca la universidad. Muy pocos de ellos encontrarán empleo, por lo que el ciclo de la pobreza continúa ininterrumpido.

Muchos de estos jóvenes nunca han experimentado el calor familiar, por lo que están prestos a aceptar a las maras y pandillas como sustitutos de la familia que nunca tuvieron. Crecen rodeados de la violencia y eventualmente llegan a aceptar la violencia como el medio idóneo para saldar diferencias. Además, son testigos de la violencia que engendra el narcotráfico y eventualmente algunos de ellos encuentran en esa actividad su modus vivendi, lo cual les confirma que la violencia es el medio adecuado para arreglar cuentas. Para colmo de males, nuestra confrontación y crispación política frecuentemente desemboca en manifestaciones violentas. En pocas palabras, la moneda de canje en todo lo que perciben nuestros jóvenes es la violencia. No debería, por tanto, sorprendernos que vean en la violencia la forma normal y habitual de actuar.

Por otro lado, ven la corrupción que campea en nuestro país y el clima de impunidad que garantiza que quienes delinquen no sufrirán las consecuencias de sus actos. ¿Qué mensaje transmitimos a nuestros jóvenes? El Congreso de la República ha sido escenario de trifulcas y los políticos frecuentemente recurren a los insultos y hasta la violencia en sus comparecencias televisivas. Hemos visto a un supuesto asesor lanzar un vaso con agua a la cara de su contrincante. Mediante las redes sociales hemos destruido a todos aquellos que pudieran habernos servido como nuestra reserva moral. Nuestras palabras envenenadas y nuestras críticas infundadas, pero mordaces, son otras manifestaciones de nuestra violencia. Nuestro comportamiento frecuentemente se basa en el odio y el resentimiento, y eso fomenta el clima de la violencia.

En pocas palabras, me parece que todos somos responsables del clima de violencia que nos consume. Sembramos vientos y estamos cosechando tempestades. Es urgente que tomemos conciencia de nuestra participación, activa o pasiva, en el clima de violencia en el que vivimos. Comencemos por hacer un verdadero examen de conciencia y desterremos el odio y la violencia de nuestros corazones. Profundicemos la lucha contra la corrupción y la impunidad. Pidamos a las iglesias que nos ayuden a fortalecer las familias y a restaurar el tejido social mediante el fomento de nuestros valores.

Exijamos a nuestras autoridades que luchen contra el narcotráfico y a nuestros políticos que aprueben las reformas necesarias para profundizar nuestra democracia y no aquellas que convienen a sus intereses mezquinos. Demandemos a los medios publicitarios que abandonen la página roja y la nota televisiva que promueve la violencia. Reclamemos la eliminación de trámites absurdos, el fortalecimiento del estado de derecho y el cese al terrorismo tributario para que el sector privado pueda invertir y generar empleo, de tal forma que nuestros jóvenes puedan ver la luz al final del túnel.


Solicitemos al sector privado que profundice su proyección social e incremente su solidaridad con los pobres, que cumpla con sus obligaciones tributarias y laborales y que no busque enriquecerse mediante alianzas o contrataciones fraudulentas o ilegales con el Estado.
Muchos hemos creído que si nos mantenemos lejos de ciertos vecindarios, si nos refugiamos en nuestras casas y en nuestras familias evitaremos el caos y la violencia, pero nos estamos engañando. Un país consumido por la violencia no ofrece un futuro a nadie.

Es iluso pensar que podremos tener un país dividido en dos; uno en el cual reina la paz y la prosperidad, y otro en el cual cunde la pobreza y la violencia. Si no nos organizamos, si no cambiamos y si no exigimos a nuestras autoridades y a nuestra clase política que cambien, tarde o temprano sufriremos la violencia en carne propia. Nuestra mejor herramienta es nuestro voto. No permitamos que los políticos nos ofrezcan más de lo mismo. Es evidente que lo que tenemos no es lo que deseamos o nos merecemos. Si no alzamos nuestra voz, si no cambiamos, perderemos nuestro país. Más tarde será muy tarde.


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