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Los retos del Partido Nacional



Por: Thelma Mejía

Tegucigalpa.- Hace una década, producto del golpe de estado, los hondureños vieron la ruptura del bipartidismo ante el aparatoso declive del otrora poderoso Partido Liberal, un centenario instituto político, que junto al Partido Nacional, constituyeron por décadas el principal bastión del bipartidismo político en Honduras, pero la crisis del 2009 cambió esa historia y con ello la configuración del sistema político de partidos en Honduras.

Del liberalismo y sus luchas, solo quedan recuerdos de sus hazañas reivindicativas. El golpe de estado aceleró la caída de los caudillos y de los liderazgos, un desgaste que ya se avecinaba pero nadie quería ver, se incomodaban ante las advertencias y siguieron mejor su cartilla de imposiciones, negociaciones y presentación de líderes de papel. Los relevos, los buenos relevos, nunca tuvieron cabida y se apagaron así aquellos personajes del liberalismo con doctrina, formación política y discursos que despertaban pasiones e ilusiones.

El golpe los atomizó de forma tal que no han podido reconciliarse, la transición entre lo viejo y lo nuevo sigue siendo dolorosa, todo esfuerzo de cambio intenta ser asfixiado y las intransigencias están por doquier. Pareciera que todos apostaran a la muerte final del liberalismo, menos quienes tierra adentro muestran que sigue siendo un partido con vida propia, producto de sus líderes locales o por las viejas tradiciones de antaño. En lo local, el bipartidismo sigue vivo, los jóvenes liberales siguen soñando y apostando por cambios, pero requieren de uno o más líderes creíbles que los convoque.

Ese es el partido de las reivindicaciones que hoy está en tercer lugar en la configuración del sistema político de partidos, aferrados, algunos de sus líderes, a la negociación por cuotas, sin entender que la base, que los jóvenes y que los nuevos votantes repelen esas prácticas que hoy los tienen donde están: en tercer lugar y sin visos de levantarse si siguen como van.

Pero ese es el liberalismo, el otro partido que parece transitar ahora por ese sendero del partido rojo blanco rojo, es el actual partido en el poder, El Nacional, tan centenario como los liberales.

Una década después, los nacionalistas nunca imaginaron que ellos también serían golpeados, mientras se mofaban de la suerte de sus “hermanos” políticos, y hasta ayudaban a que se hundieran más, a lo interno, su partido empezaba también a resquebrajarse.

Hoy el Partido Nacional, enfrenta una de sus peores crisis internas, y aunque tienen la disciplina partidaria—que no se da en el liberalismo—de buscar resolver sus cosas “a lo interno”, tres períodos consecutivos en el poder, les está empezando a pasar una factura a punto de generar una implosión más devastadora que la de los liberales.

El Partido Nacional enfrenta los escándalos de corrupción y narcotráfico de varios de sus miembros, unos en proceso de investigación, otros pendientes de juicio, unos en prisión preventiva, otros en libertad condicional; unos prófugos, otros con el Jesús María para ver en qué momento los convoca la justicia; mientras otro tanto, engrosando la Lista de Corruptos difundida recientemente por Estados Unidos. Estos escándalos también salpican a otros partidos políticos, entre ellos liberales, pero son los nacionalistas los más evidenciados por estar más tiempo en el poder.

A ello se suma, los problemas de legitimidad e impugnación social que enfrenta el Presidente de la República, con menos (-17) por ciento de aprobación, según la última encuesta de la Cid Gallup, mientras otros sondeos y estudios académicos advierten la fragilidad de su gobierno tras la imposición de una cuestionada reelección presidencial, una de las principales causantes de su desgaste.

No la tiene fácil el nacionalismo, muchos menos sus autoridades partidarias, que enfrentan, como los liberales en su momento, la reticencia de sus líderes para aceptar que están en problemas y en graves problemas. Frente a los hechos que cuestionan a sus integrantes en posiciones de poder, el Partido Nacional reacciona a la defensiva y a la ofensiva, y aunque se niega a aceptar que existen fuertes problemas de liderazgo a lo interno, lo cierto es que la fisura ya fue abierta, expuesta y hecha pública.

Fue el ex presidente Porfirio Lobo Sosa, el más azotado por los escándalos denunciados y judicializados por la UFECIC/MP-MACCIH, el que ha iniciado una lucha interna por querer rescatar el partido de los “desteñidos nacionalistas”, que hasta el color de la bandera cambiaron, sin que sus bases y los nuevos liderazgos lo advirtieran. El éxito o fracaso de su gesta, el tiempo lo dirá, pero de momento, la división del nacionalismo es pública y dependerá de su dirigencia evitar o acelerar una implosión sin precedentes.

El Partido Nacional, de cara a las próximas elecciones,  ha iniciado la cruzada por las reformas electorales, saben que si van a los comicios, con las mismas reglas, saldrán doblemente golpeados, deben encontrar un candidato que cautive a lo interno y a lo externo, un candidato que no se vea parte de cúpulas cuestionadas ligadas a un poder ejecutivo altamente cuestionado; un candidato que dé certeza, confianza y transparencia, tres elementos que constituyen un desafío no solo al nacionalismo, sino al resto de partidos políticos.

Y en caso de que pierdan los próximos comicios—como todo dentro del margen de probabilidades—encontrar un candidato que sepa administrar la derrota y renovar el partido más allá de caras bonitas y posiciones maniqueas. Son tiempos complejos para el nacionalismo y para el último partido del otrora bipartidismo político. La otra carta que tienen en su mano, espero la encuentren, es una carta que sin duda los puede poner en una vitrina de dignidad y de querer hacer cambios. De ellos depende.

 
 

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