baner por salud junio verde

logo19PD

GIF Descarga nuestra app

Menu

         

Lo que nos falta



Por: Julio Raudales

A propósito de la publicación del Panorama Económico Mundial por parte del FMI, en el cual se vaticina, no solo un recorte en el crecimiento global, sino la brecha comparativa en la proyección de lo que sucederá en Latinoamerica con respecto a otras regiones del mundo para 2019, mi amigo y colega el Doctor Pedro Morazán, tiñó mi reflexión de la semana anterior con un interesante matiz, no por antiguo, menos refrescante y profundo: -Hay que desconfiar del simple crecimiento como medida del bienestar- me dijo y adobó su argumento recomendándome un novedoso libro llamado “Doughnut Economics” o “Economía Rosquilla.

El libro, escrito por Kate Raworth, una iconoclasta profesora de la Universidad de Oxford, es una invitación a ver la ciencia económica con otros ojos: -La economía no funciona- dice la profesora Raworth, -ha sido incapaz de predecir y no digamos de impedir las crisis financieras que han sacudido los cimientos de nuestras sociedades-. Y tiene razón. Por eso plantea en su libro, una forma distinta de resolver los problemas materiales que afronta la humanidad en el siglo XXI.

¿Qué nos hace falta para entender y resolver los grandes retos de nuestros días? Esa es una pregunta que requiere a veces de respuestas políticamente incorrectas y radicales. Vale la pena explorar esos caminos para dormir tranquilos.

Es importante partir del hecho de que, en efecto, ha habido una mejora económica a nivel mundial y esto se explica en gran medida por el crecimiento económico que el mundo ha experimentado, sobre todo en los últimos cien años. Esto ha permitido el alcance del bienestar social mas importante de la historia planetaria: Los costos se han reducido notablemente y la invención de nuevas tecnologías facilita el acceso, no solo de reyes y nobles, cómo sucedía hace apenas dos siglos, a las mejores cosas que la sabiduría humana puede proveer.

Como resultado de esos avances, la esperanza de vida de la gente ha aumentado mas de 20 años en solo seis décadas; más niñas y niños tienen acceso a educación a escala global y el hambre y la misieria se han reducido a la mitad en menos de un siglo. Todo parece indicar que las cosas marchan bien, salvo que existe aún un buen número de países, entre los que se cuenta Honduras, para los que todavía esta maravilla no se ha hecho realidad. ¿Qué nos falta?

La profesora Raworth parte de una premisa fundamental: La tecnología y el conocimiento científico avanzan de forma tan veloz, que se llevan de encuentro a los acuerdos que los grandes conglomerados sociales, liderados por políticos cuyos intereses generalmente no responden al mandato para el cual son electos. Esta es quizás la mayor amenaza que nos confronta en el siglo XXI.

Tal vez sea por ello que, a pesar de que la economía hondureña crece por encima del magro 0.6% que exhibirá este año America Latina, todos sus indicadores sociales, especialmente el de pobreza, desempleo y salud, parecen desdecir esa noticia que de forma tan entusiasta nos muestran las autoridades.

Mrs Raworth nos invita a examinar la problemática con una perspectiva diferente: propone siete puntos que nos hagan desviar la mirada del crecimiento económico tradicional. Me quedo con tres de ellos que me parecen cruciales para nuestro país en este momento.

Lo primero es cambiar el objetivo: Tal vez en Honduras requerimos pensar en algo distinto al simple crecimiento económico y fijar nuestras miradas en los elementos que permitan que éste llegue a los que de verdad lo necesitan. Quizá la búsqueda de acuerdos con la ciudadanía, hará que sea ella quien determine las cosas que se necesitan para cubrir sus necesidades.

Lo segundo es cultivar la naturaleza humana, que si bien es cierto busca siempre maximizar su bienestar tal y como dicen los clásicos, probablemente sorprenda a quienes nos dedicamos a estudiar las megatendencias acutales, descubrir cuan intrincadas pueden ser las motivaciones de cada ser. De ahí la necesidad del énfasis en la educación, pero una que permita a cada quien lograr por si mismo su emancipación, como dice mi amigo Rodulio Perdomo.

Por último, debo destacar la necesidad de volvernos agnósticos. Y no me refiero al desprecio por las religiones como forma de entender el mundo, sino a la necesidad de no asumir las verdades que nos inculcan en las aulas universitarias, como únicas e imperecederas. Y esto va para quienes trabajamos con el pensamiento. Como dice el poeta Taylor Mali: “Cambiar de opinión es la mejor forma de descubrir que todavía tengo una”. Es muy aconsejable tener una actitud dispuesta al cambio, solo así lograremos que todo mejore.


Valora este artículo
(2 votos)

volver arriba