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Imaginar “cosas chingonas” con AMLO



Manuel torres calderonPor: Manuel Torres Calderón (*)

Eso de “imaginar cosas chingonas” es la frase de moda (o trending topic, se dice ahora) expresada por el futbolista mexicano “Chicharito”, luego de que México ganará su inicial partido mundialista contra Alemania.

 

Lo que el jugador, en una excesiva búsqueda de atención y euforia, sugería era soñar con salir campeones.

Lamentablemente, poco después su selección retornó a casa tras perder contra Brasil, y con ello poner las expectativas en su sitio. Los héroes, que se aproximan a la condición de dioses y de quienes se esperan hazañas, pertenecen más a la mitología que a la realidad.

El tema viene al caso por una serie de comentarios luego del novedoso y excitante triunfo electoral de Andrés Manuel López Obrador el pasado 1 de julio. De analistas a quienes admiro y respeto escuché comparar, por ejemplo, la victoria de AMNLO con la de Mandela en Sudáfrica o la de Allende en Chile o anunciarlo como “el domingo que México cambió al mundo”.

Otros la definen como una “insurgencia” popular sólo equivalente a la revolución mexicana de 1910, referido como el acontecimiento político y social más importante del siglo XX en México. Efectivamente, si se buscan se encontrarán puntos de contacto histórico entre ambos procesos, como la inconformidad social y el rechazo a prácticas dictatoriales políticas y económicas. Vale tener presente, como advertencia histórica, que aquella fue una revolución que devino en una contrarrevolución, es decir, que en breves años hizo transitar al pueblo de la euforia a la frustración. El PRI fue uno de los hijos desnaturalizados de aquel alumbramiento popular.

En el plano internacional se escuchan criterios similares; el expresidente ecuatoriano Rafael Correa, para el caso, declaró, a través de RT (Rusia Today), que Obrador es la nueva esperanza de la “izquierda” en América Latina, citando a Lula, Cristina Kichner o él mismo como predecesores inmediatos. Curiosamente, Correa no mencionó a Maduro.

AMLO, sin duda, es una esperanza, una voz alentadora y un resurgir de la ciudadanía, pero es mucho el riesgo que asume el pueblo mexicano y latinoamericano al no valorarlo de forma realista, exagerando y hasta dramatizando los posibles cambios que puede encabezar. Incluso Obrador preferiría que no le pongan tanto sentimiento nacionalista o contestatario sobre la espalda. Seguro que, si antes del 1 de julio a Obrador lo desvelaba su ansiada victoria, hoy le quitan el sueño los compromisos que tuvo que asumir para lograrla. No es el mismo AMLO el de las campañas de 2006 y 2012 que el actual. Sus promesas electorales pesan como una losa. “Pacificar el país, acabar con la corrupción, romper la impunidad, buscar a los desaparecidos y gobernar con equidad y sin exclusiones”. Con tal oferta, su credibilidad se anticipa tan frágil como “lo que duran dos peces de hielo en un Güisqui on the rocks”.

Y es que el México que despertó al día siguiente de los comicios es el mismo que la agencia de cooperación Oxfam retrató en su estudio de 2015 sobre “Desigualdad Extrema en México. Concentración del Poder Económico y Político”. El reporte destaca que ese país está inmerso en un ciclo vicioso de desigualdad, falta de crecimiento económico y pobreza, y hace hincapié en que la desigualdad ha frenado el potencial del capital físico, social y humano; haciendo que en una nación rica los salarios promedio no crezcan y la pobreza persista, pero la fortuna de unos cuantos sí sigue expandiéndose. El número de multimillonarios en México no aumentó mucho en los últimos años. Hoy se calculan unos 16. Lo que sí ha aumentado es la importancia y la magnitud de sus riquezas. En 1996 equivalían a $25,600 millones de dólares; ahora esa cifra es de $142,900 millones de dólares. En 2002, la riqueza de 4 mexicanos representaba 2% del PIB; entre 2003 y 2014 ese porcentaje subió al 9%. Se trata de un tercio del ingreso acumulado por casi 20 millones de mexicanos.

Aquello de que “cómo México no hay dos” es falso; hay más de dos en una sola nación. Son piezas de un mismo rompecabezas.  Todos demandarán de Obrador un esfuerzo personalizado que se ajuste a las fortalezas, necesidades, habilidades e intereses de cada sector. Tarea nada sencilla porque muchos de esos intereses son excluyentes, brutalmente contrastados, y el reto del mandatario no es excluir, sino integrar en un proyecto de país o al menos evitar que se maten los unos a los otros.

El desafío está a la vista. En el DF, por ejemplo, existen Las Lomas del Pedregal en Iztapalapa como homónima de la otra Lomas del Pedregal, la residencial exclusiva. En Iztapalapa las condiciones de vida son similares a las barriadas pobres de África, sin drenaje, agua y si quieren luz la deben piratear, mientras que en el otro El Pedregal “los inmuebles son amigables con el medio ambiente y protegen la salud de sus habitantes. Cuentan con sistemas de generación de energía eléctrica (celdas solares), iluminación led, sistema de potabilización de agua, reaprovechamiento pluvial y planta de tratamiento de aguas negras”.

Se me olvidaba un detalle que leí: Lomas de Iztapalapa es tan invisible que ni siquiera existe en el mapa catastral del Distrito Federal.

Ese es el México real, el que no suele aparecer en los medios convencionales de prensa y ni siquiera, salvo referencias genéricas, en los “alternativos”. Es tan abrumador, tan vasto, tan desigual, tan ignorado,que puede llegar a inmovilizar aún a las mejores intenciones. Saber que hay 56 millones de pobres diseminados entre los 89 millones de electores habilitados para los comicios del 1 de julio es un panorama ante el que no conviene “imaginar cosas chingonas”, sino poner los pies sobre tierra y realizar el mejor trabajo posible; el más honesto y participativo trabajo posible.

Alterar el rumbo que ha tenido México no se logrará de la noche a la mañana, agravado por la herencia que recibirá de Peña Nieto, como la consolidación de la élite, la dependencia del capital internacional, la expansión del crimen organizado, la corrupción, la inseguridad y la impunidad. Simplemente aclarar la tragedia de los 43 alumnos de la normal de Ayotzinapa y castigar a los responsables será una dura prueba para el próximo gobierno. Por si fuera poco, sobre la mesa encontrará temas tan delicados como la renegociación del TLC de Norteamérica, el muro de Trump o la migración desde su territorio a Estados Unidos.

Obrador batalló muchos años por el merecido triunfo que ha obtenido. Si lo soñó tanto esperemos que sepa qué hacer y con quiénes hacerlo. Por otra parte, quienes lo respaldaron también deben asumir sus responsabilidades correctamente. Ni plegarse, ni distanciarse. Mantener con el poder la prudente distancia necesaria para comprender sus ejecutorias, pero también para enmendarlas si es necesario. Una oposición crítica, constructiva y que acompañe de principio a fin será indispensable para el éxito de AMLO.

Ya en su discurso de celebración, Obrador anticipa el rumbo de su gestión: “Los cambios serán profundos, pero con apego al orden legal”. Parece clara su voluntad de ser un reformador, no un mesías. Pero eso no quita que muchos imaginen cosas chingonas. En estos momentos de euforia, ellos están en su derecho, el punto es que ojalá no se queden de espectadores en las gradas porque en la cancha, es otra cosa.

(*) Periodista, miembro de la Junta de Dirección Universitaria (UNAH)


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