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Crisis y oportunidad



cosenzaPor: Luis Cosenza Jiménez

Desde hace ya algunos años, varios medios publicitarios se han referido al tema de abuso sexual por parte de algunos sacerdotes católicos.

Esos mismos medios también han destacado el encubrimiento de tal abuso por parte de algunas autoridades de la iglesia. Recientemente, hasta el otrora muy popular Papa Francisco ha visto su reputación dañada por acusaciones de nada menos que el ex Nuncio en Washington, el ahora retirado Arzobispo Carlo María Vigano. En efecto, el Arzobispo asegura que en 2013 informó al Papa de las acusaciones que circulaban en Estados Unidos en contra de un prominente sacerdote y que el Papa no actuó. Vigano ha llegado al extremo de reclamar la renuncia del Papa. Claramente que la Iglesia Católica ha enfrentado crisis en el pasado, y a pesar de ello sigue vigente. No obstante, es evidente que si no hubiera pasado por tales crisis, es decir, si se hubiera anticipado a ellas y eliminado sus causas, se contaría hoy en día con una iglesia mucho más fuerte y mucho más influyente.

En estos días, en los cuales muchos en Occidente han proclamado la muerte de Dios, y el número de creyentes se había visto ya seriamente menguado, el escándalo del abuso sexual es un golpe muy severo que empaña terriblemente a la iglesia y minimiza su relevancia. Sin embargo, las crisis generan oportunidades, y el caso que nos ocupa no es excepción. Permítanme por tanto compartir con ustedes el contenido de una homilía que escuché recientemente al asistir a misa en Estados Unidos.

En primer lugar, permítanme explicar que el sacerdote que ofició la misa y predicó la homilía no es un hombre joven o impetuoso. Se trata de una persona que debe frisar los sesenta años y que se encuentra muy dolido por lo ocurrido y por el daño que se ha causado a la iglesia a la cual ha dedicado la totalidad de su vida adulta. En su homilía, el sacerdote dijo que en efecto la crisis debe ser usada para reformar y transformar la iglesia, de tal forma que se atienda las preocupaciones de los laicos. Que los tiempos en los cuales a los laicos se les pedía que se limitaran a “orar y ofrendar” han quedado atrás.

Que la participación de los laicos en los consejos parroquiales y diocesanos no debe reducirse a simplemente opinar, sino que deben participar en el proceso de toma de decisiones, es decir, que tengan voz y voto, y no solo voz, como ocurre, en el mejor de los casos, en estos días. Es más, decía el sacerdote, los laicos deben estar presentes, con voz y voto, en las discusiones que si bien no se refieren a temas de dogma, afectan la vida de sacerdotes y laicos. Estos temas, me parece, podrían ser el celibato de los sacerdotes, el papel de las mujeres en la iglesia y los asuntos referentes al control de la natalidad. Seguramente que podrá haber otros temas, pero a mi juicio estos son los más importantes.

Decía el sacerdote que los laicos debemos reclamar que los sacerdotes nos rindan cuentas en lo referente a la administración y las finanzas de la parroquia y la diócesis. Salvo honrosas excepciones, la mayoría de los párrocos y obispos no rinden cuentas a la feligresía, lo cual distancia a los sacerdotes de los feligreses. En la medida en que los laicos se sientan parte del manejo de la parroquia y de la diócesis, colaborarán y ofrendarán más a sus parroquias y diócesis.

Por supuesto que nada de esto será fácil, y que muchas veces la impetuosidad produce resultados nada deseables. La iglesia ha convertido a la prudencia en una de sus virtudes cardinales, pero a pesar de ello, fue posible adoptar cambios importantes en el Segundo Concilio Vaticano, celebrado en los años sesenta del siglo pasado. Ya es hora de pensar en un Tercer Concilio Vaticano para revitalizar la iglesia con base en la participación más relevante y profunda de nosotros los laicos. Después de todo, iglesia somos todos, jerarquía, sacerdotes y laicos.

Por supuesto que es posible que la oportunidad que ahora se presenta, producto de la crisis que ha causado tanto dolor, se desperdicie y se continúe como si nada hubiera pasado. Lamentablemente, eso implicaría una iglesia más pequeña y menos relevante en el mundo. Serán otras organizaciones y otras personas quienes continuarán predicando, con mucha más credibilidad, las enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo. Serán siempre muchos los que vivirán según nos enseñó el Señor, sin necesariamente pertenecer a una organización religiosa. Decía el sacerdote en su homilía que si se opta por únicamente tomar algunas medidas para evitar futuros escándalos por nuevos abusos sexuales, ignorando así la demanda de cambio que exige la feligresía, entonces los feligreses deberíamos recurrir a lo que él llamó la “opción nuclear”. Para ello, los feligreses deberíamos suspender nuestras ofrendas a la iglesia, y si así lo deseamos, depositarlas en un fideicomiso, el cual serviría para beneficiar a la iglesia una vez que se hubieran adoptado los cambios que mínimamente nos serían aceptables. Claramente que se trata de una medida radical que tendría un severo impacto. Por su apabullante impacto, el sacerdote la ha llamado la “opción nuclear”.

Por ahora, además de hacer conocer nuestras opiniones, debemos pedir a Dios que nos ilumine a todos de tal forma que podamos aprovechar las oportunidades de reforma que brinda la crisis. Pidamos fortaleza, recuperación y justicia para las víctimas, así como compasión para quienes cometieron el abuso. Después de todo, el Señor nos enseña que debemos condenar el pecado, pero amar al pecador. Para la jerarquía pidamos “prudencia proactiva” en el proceso de reforma de la iglesia. Solo así se podrá continuar predicando con credibilidad las enseñanzas de nuestro Señor.

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