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Bandada de golondrinas volando a un norte en otoño



Rafael Del CidPor: Rafael del Cid

“Y hay que quemar el cielo, si es preciso, por vivir”

Tegucigalpa.-Hoy quisiera ser poeta, cantor, pintor, artista; diestro en moldear la palabra hasta extraer de ella el néctar de la esperanza y la poesía.

Hoy lamento mi formación en el rigor técnico, en el haber aprendido a callar, a decir muy poco, a menos me acompañara la evidencia del dato, la información fundamentada. En estas circunstancias, en este pedazo de la historia, duelen los hábitos del oficio porque la esperanza necesita dispararse con algo más que la fría proyección del economista, la visión ordenada del planificador o el cálculo y cinismo del político convencional.

Es hora de reconstruir los sueños con el arma de la poesía. Necesitamos sensibilizar nuestra observación y análisis con las voces, con las vivencias, con las necesidades y anhelos de los hermanos sencillos y corrientes, tan fácilmente olvidados en los agregados, en las síntesis, en las generalizaciones de los analistas, de los diseñadores de políticas y los vendedores de promesas electorales.

Ya días, mejor dicho, años, se ha venido advirtiendo el peligro de la creciente brecha entre la cantidad de jóvenes listos, por necesidad, preparación o simplemente edad, para el mercado laboral y la de los que realmente pueden insertarse en el mismo con una ocupación digna. Estamos familiarizados con esas cifras, hemos aprendido a llamar la atención sobre la tasa del subempleo, o sea, esa situación generalmente forzada en la que el ingreso se obtiene a costa de ocuparse a medias, en cualquier cosa, y bajo niveles de subsistencia. Simultáneamente examinamos las cifras de pobreza general y de pobreza extrema, números estancados, y en el peor de los casos, crecientes. Hoy no existe duda, de que nos ubicamos en las cimas continentales de la desigualdad y la pobreza.

Podemos seguir en el juego de denunciar el fracaso de planes y programas, como condición para intentar nuevamente superar el marasmo social. No obstante, y de repente, la nube de golondrinas volando hacia un norte que se enfría, los rostros sudorosos y cansados de mujeres, de hombres, de humanos de todas las edades y de diferente condición social, mostrando una decisión más allá de lo razonable, vuelve imagen el número y claro el mensaje: Insistir en lo mismo tiene un alto precio, el precio de convertir en desecho lo que supuestamente es el sujeto de cualquier proyecto de desarrollo humano de un país.

Quiero la poesía, la canción, la palabra, que toque las fibras más profundas del corazón de la hondureñidad que todavía permanece en casa, al abrigo de una condición relativamente más cómoda. Difundirla a los políticos, a los técnicos y burócratas, a los profesionales, a los de la diezmada clase media, a los estudiantes, a los trabajadores manuales y los labriegos. Los primeros por su enorme responsabilidad como conductores de la maquinaria del Estado. Los segundos por su potencial de movilización, de presión, de aguijón y de dignidad para enderezar el rumbo de las cosas. Las cifras ya parecen inútiles para convencer suficiente. Es hora de volver a soñar y, sobre todo, de pulir nuestra convicción ycapacidad para que esos sueños devengan realidades. La medida de mis sueños es solidaridad, antítesis del sálvese quien pueda; es para mí el camino hacia una sociedadverdaderamente humana. ¿No es acaso solidaridad el grito común de las masasdesesperadas que buscan el norte? ¿No es su clamor otro que la compasión, el refugio, laoportunidad laboral para ganarse el pan y un futuro digno? Las imágenes entregan un grito,tan dramático, tal vez tan poderoso, como el de las trompetas de Jericó: “Ábranse vallas,muros, fronteras, indiferencia”. Nada más resta aclarar que puertas, vallas, muros, fronteras,indiferencia, existen tanto en las tierras de aquel allá como en las honduras de acá.


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