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Ecos del mayo del 68 en la Nicaragua de hoy



Manuel torres calderonPor: Manuel Torres Calderón

Tegucigalpa.- La historia es un sombrero de mago en el que entra un revolucionario y sale un dictador:

“El presidente Daniel Ortega mostró su rostro más brutal la tarde del miércoles 30 de mayo en Nicaragua, tras ordenar el ataque a una gigantesca manifestación encabezada por las madres de las víctimas de la represión de abril en este país. Numerosos testigos informaron que seguidores del Frente Sandinista, grupos parapoliciales y oficiales antidisturbios dispararon contra los manifestantes, que marchaban desarmados por la céntrica Carretera a Masaya de Managua. También se produjeron hechos de violencia en otras ciudades. En total, la represión dejó 15 muertos en el país, entre ellos un adolescente de 15 años, y 79 heridos, según el recuento del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (CENIDH)”. El País, 1 de junio.

En el 50 aniversario del recordado mayo del 68 en París, la juventud de Nicaragua, con sus protestas, arrojo y reclamos contra la dictadura de los Ortega, ha confirmado, una vez más, que tiene muchas causas justas por las cuales luchar en el mundo y asumir el riesgo de triunfar o fracasar en el intento.

Para quienes no habían nacido, no lo recuerdan o no se enteraron, en 1967 en las aulas de la pequeña Universidad de Nanterre, a unos 12 kilómetros de París, se inició una protesta contra el llamado "plan Fouchet" (Christian Fouchet era Ministro de Educación en 1966) destinado a reformar la enseñanza superior para acercarla a los intereses del mercado.

Buena parte de estudiantes y docentes empezó a replantearse tanto el sistema universitario como los valores transmitidos por este tipo de enseñanza. Era, también, una generación indignada por las atrocidades colonialistas e imperialistas de la época, en particular la guerra en Vietnam.

Con los días, el foco de rebeldía creció y la represión en su contra, también. Ya en 1968, el 22 de marzo, 142 estudiantes se toman por dos noches el edificio administrativo de la Facultad de Humanidades de Nanterre, redactan un llamamiento y crean una estructura de debate y negociación para exigir la liberación de sus compañeros detenidos y frenar la violencia policial.

La disputa pronto desborda Nanterre, y el 3 de mayo los estudiantes se movilizan a la capital rumbo a la Universidad de la Sorbona. En el curso de los acontecimientos, la policía arremete contra ellos y realiza numerosas capturas. En pocas horas, como réplica, aparecen las primeras barricadas y el Barrio Latino se vuelve epicentro de tres semanas intensas e inolvidables. El mayo de 68, con sus luces y sombras, acababa de iniciar.

En el otro mayo, el de Nicaragua, el conflicto lo detonó en abril una lesiva reforma a la Ley de la Seguridad Social, que incluía un recorte de 5% de su pensión a los adultos mayores y aumento a las cotizaciones patronal y de los trabajadores. El gobierno cedió a la oposición y anuló su decreto, pero no pudo evitar que el rechazo se transformara en un estallido social impredecible. La inconformidad iba mucho más allá. Ortega lo advirtió y respondió a dos manos, en una, la oferta de un diálogo que garantice su continuidad hasta el 2021, y, en otra, con sangre y fuego, desinformación y censura.  

La mano que terminó imponiéndose fue la dura, esa derecha a la que con frecuencia encubre la izquierda. "Hasta el 28 de mayo, al menos 83 personas habían muerto, 868 habían resultado heridas y 438, detenidas en respuesta a las protestas”, de acuerdo con un informe de Amnistía Internacional. A ese recuento de víctimas fatales habrá que sumar, al menos, las 15 de la manifestación que las madres nicaragüenses convocaron el 30 de mayo para defender el derecho a la vida. Segura y lamentablemente, habrá más hasta que el telón baje. La exigencia de gran parte del pueblo nicaragüense es que Ortega, su familia y su corte se vayan, con todo y su corrupción. La respuesta del dictador recuerda la sangrienta agonía del régimen de Somoza: “aquí nos quedamos todos”. El antiguo jefe guerrillero pasó de perseguido en el pasado a perseguidor en el presente.

El objetivo social inicial desatado por los estudiantes de la pequeña Universidad Politécnica de Nicaragua (fundada el año de la chispa en Nanterre) se volvió político. La meta de la juventud es la democratización de Nicaragua y en ese contexto abogar por el retorno a los ideales iniciales de justicia y transformación de la Revolución Sandinista. No se trata de sandinistas contra sandinistas; es de herederos de la tradición sandinista contra quienes dejaron de serlo.

Por supuesto, que en ese empeño se abren contradicciones internas, puertas y debilidades por las que se cuelan múltiples intereses nacionales y extranjeros que tratan de mediatizar y capitalizar los resultados de esta lucha. Similar a lo que ocurrió en París, los jóvenes nicaragüenses están construyendo opciones a partir de la lógica del conflicto, no es que las tenían previamente. Su gran limitación es que ellos quieren cambiar al poder, pero carecen de una propuesta de toma social del poder.

El riesgo inmediato que enfrentan, como los franceses hace 50 años, es que los acontecimientos los superen y sus expectativas se frustren.

De hecho, la élite empresarial, encabezada por los grandes capitales que han estado en contubernio con Ortega, gestionan elecciones anticipadas, como en París el 30 de mayo, cuando para afrontar la rebelión el entonces Presidente Charles De Gaulle y su Primer Ministro Georges Pompidou, convocaron a elecciones y disolvieron la Asamblea Nacional.

Como era de esperar, con una estrategia fundamentada en que no había más alternativa viable que ellos, frente a la supuesta “amenaza” de la radicalidad manifiesta en las calles, el 23 de junio los gaullistas obtuvieron 43 por ciento de los votos, haciéndose con el control de la Asamblea Nacional. La izquierda perdió la mitad de sus escaños y los estudiantes se quedaron sin representación y sin movilizaciones. En agosto, el gobierno ordenó que asfaltaran las calles del Barrio Latino y enterró la utopía estudiantil que “debajo de los adoquines está la playa”. Mayo había concluido, absorbido por la institucionalidad conservadora.

Por masivas y beligerantes que hayan sido las manifestaciones, el poder francés no se desmoronó. La debilidad de la oposición llegó de adentro. La alianza que los estudiantes trataron de concertar con los sindicatos fue frágil. La burocracia sindical y de la izquierda militante, la de los aparatos dóciles, dogmáticos, clientelistas y caudillistas, les dio la espalda y negociaron por su cuenta con Pompidou. Con el escenario a   su favor, llegó el tiempo de la restauración gaullista y la represión contra quienes soñaron un orden distinto.

Algunos afirman que la mayor huelga de la historia del movimiento obrero francés, y la única insurrección general que el mundo desarrollado ha reconocido desde la segunda guerra mundial, se redujo a un mes festivo en el que la juventud se expresó libertaria. Eso es minimizar y banalizar su impacto. Nicaragua tampoco vive una “fiesta juvenil”; ya sugerirlo es ofensivo con tantos muertos y dolor acumulado. Lo que sí se experimenta en las aulas es el entusiasmo de una comunidad que renueva su esperanza en un futuro mejor, que cimienta vínculos muy solidarios entre sí y trata de enrumbar al país. No será fácil lograrlo, nunca lo ha sido, pero por el momento ese pueblo beligerante y experimentado ha roto con su fidelidad a la consigna de "¡Dirección Nacional: ordene!". Ese es un gran paso adelante. Ojalá tenga la claridad ahora de no sucumbir a nuevas servidumbres.


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